Javier Navarro Nicolás, que pertenece al grupo de jóvenes adoradores de la Capilla de Adoración Eucarística Perpetua de Murcia, comparte su testimonio de fe.
Soy un firme defensor de que Dios ha sido el hilo conductor de mi vida, y me lo ha demostrado de mil maneras. Solo hay que ver mis aficiones, por ejemplo en el deporte que he practicado toda mi vida, el rugby. En mis compañeros de equipo y en ese entorno veo a una gran familia y que esos valores son los que representan a Dios. En los pasos de Semana Santa y en mis hermandades no veo compañeros de procesión, veo hermanos; y en los cabos de andas, padres. Si me pongo a mencionar ejemplos eternizo el testimonio: Paco Nicolás, quien ha acabado siendo mi segundo padre; Víctor Ros, que es el cabo de andas de la gran familia de la Cena de Jesús; Manolo el Torrao, cabo del Prendimiento; Antonio el Durico, excabo del Prendimiento… En Antonio el Durico veo, y no solo yo, una sonrisa que es paternal e infantil al mismo tiempo, porque reconforta y da ganas de meter el hombro aún más, al mismo tiempo que contagia la ilusión de niño que tiene.
Hace no mucho, le oí a mi padre una frase que me hizo gracia y al mismo tiempo me llamó la atención, porque decía que en esta vida solo hay dos cosas seguras: la muerte y los impuestos. Yo añadiría otra certeza: que Dios obra cuando menos lo espera uno. Uno de mis mejores amigos, José Galindo, un hombre de profunda fe manifestada en sus acuarelas, hace unos años acuñó un término muy bonito: las diosidades, que para resumirlo son causalidades (que no casualidades) procedentes de arriba. Sumas de dos que no dan cuatro, dan cinco, y la explicación viene de arriba.
Consciente fui de ello el 7 de agosto de 2023, en el que estuve muerto durante trece minutos por una parada causada en el gimnasio por una mutación genética. Ese milagro que incluso los médicos ratifican como tal no fue posible únicamente por un equipo maravilloso en la UCI del Hospital Virgen de la Arrixaca, sino porque el Señor quiso; porque con ese golpe vital que me hizo dejar de jugar al rugby se produjo una transformación. También me hizo ver que tengo una familia que se dejó todo por mí, que dejó sus 99 ovejas y fue a la Arrixaca a hacer compañía a la que estaba entre la vida y la muerte, rompiendo récords de tiempo en las autovías de la comunidad autónoma y por toda la red de carreteras nacional en algunos casos.
Dios obró un milagro, pero no solo de salvarme la vida. Este nuevo Javi no placará ni cogerá la bola y echará a correr como un Miura en un partido de rugby, pero pierde la voz en la grada. Es alguien que carga tronos ya no solo porque es su pasión, sino porque bajo el trono es una persona orante también. Cynthia, la responsable del grupo de jóvenes adoradores al que tengo el privilegio de pertenecer, cuando nos vimos por primera vez señaló que tenía madera de adorador. Sin embargo, le voy a llevar la contra: no tengo madera de adorador, lo que tengo es el don de estar rodeado de muchos hombres que me hacen acordarme de ellos cuando rezo el Padrenuestro, mujeres que me hacen acordarme de ellas cuando rezo el Avemaría, y circunstancias vitales de las que me acuerdo cuando rezo el Gloria. Porque una cosa está clara: si las imágenes de santos y de Semana Santa arrancan más de un viva a su paso y hay procesiones que atraen hasta a gente que no es de Iglesia, ya sea por los caramelos y monas, o por la sensación agradable del olor del incienso, no es únicamente por una perspectiva hedonista. En cualquier momento el Señor, al niño que recibe encantado los caramelos, al neonato que está en brazos de sus padres en una celebración litúrgica, o a la adolescente que pasa por enfrente de una iglesia con las puertas abiertas de par en par, le enseñará su grandeza. Porque, al igual que la archiconocida frase para los que somos madridistas de que «90 minutos en el Bernabéu son muy largos», la vida de una persona es tiempo más que de sobra para obrar un milagro.