Me gusta mucho mi trabajo, considero que es realmente mi vocación y doy gracias a Dios por ello. Como todos los oficios tiene sus cosas. Últimamente me doy cuenta de que necesito silencio después de cuatro o cinco horas de clase seguidas. De hecho, los centros educativos, planetas de adolescentes y gritos estridentes, son un hervidero de bullicio. Con los años uno se acostumbra a ese ruido de fondo, a ese martilleo de golpes y sonidos guturales. No obstante, se agradece que suene la sirena y puedas caminar con esperanza hacia la calma y la tranquilidad.
Según un estudio de la universidad de Barcelona, en colaboración con diferentes fundaciones, los centros educativos están treinta o cuarenta puntos por encima de los decibelios recomendados por la Organización Mundial de la Salud. Esto provoca que los docentes españoles se vean expuestos a situaciones de estrés muy alto, agotamiento físico y patologías en la voz. Y este hecho no solo afecta a los docentes, sino también a los estudiantes, que reducen su capacidad cognitiva e incrementan sus niveles de irritabilidad y agresividad.
Quizás no estén funcionando las soluciones propuestas por las nuevas pedagogías, que plantean clases de relajación, quizás debamos plantear este asunto también en las familias, o quizás debamos seguir mirando y aprendiendo de aquella mujer que hace más de dos mil años esperó en silencio y con fe cuando le anunciaron su maternidad, y siguió callada y mirando a su hijo cuando este dio su vida por ti y por mí.