Loreto Conesa Hernández comparte su testimonio de servicio en la Parroquia Santo Tomás de Aquino de Los Rectores, en El Puntal (Murcia), donde se encarga del coro y de otras tareas.
Me llamo Loreto Conesa Hernández, tengo 62 años y soy natural de Javalí Nuevo (Murcia). Maestra jubilada con la especialidad de Música, vivo en Los Rectores desde hace treinta años.
Desde su creación en 2002, siempre he colaborado en la parroquia Santo Tomás de Aquino haciéndome cargo del coro, entre otras cosas. Desde bien pequeña me ha gustado mucho cantar. Sabía casi todas las canciones que se cantaban en la iglesia de mi pueblo, pues siempre estaba allí con mis tías, que también colaboraban en dicha iglesia.
Antes de construirse la parroquia de Santo Tomás de Aquino en Los Rectores, iba con mi familia a misa en la parroquia de San Pedro de Espinardo. Allí solía situarme junto al coro infantil y acabé cantando con ellos. Cuando se empezó a construir la nueva parroquia, vino el mismo párroco que había en San Pedro y al verme me dijo: «Te nombro directora del coro». Y desde entonces hasta el día de hoy sigo con esta noble tarea de cantar, que es orar dos veces, como decía san Agustín.
Hacerse cargo del coro supone una buena preparación para seleccionar los cantos adecuados para cada celebración: conocer la liturgia, las lecturas de cada domingo… La selección debe ser acorde a los momentos de la misa, el tiempo litúrgico, si se trata de misas de familias, de difuntos, etc. Para hacer la selección, cada semana hago oración con la Lectio divina del evangelio del domingo, en la que después de una reflexión y meditación, escojo los cantos más adecuados de entre los que conozco y tengo a mi alcance.
Esta labor la hago con dedicación y constancia para que sea la mejor posible, dentro de mis posibilidades. Dios me ha ido llevando de su mano a lo largo de mi vida hasta el tiempo actual, en el que mi colaboración es mayor.
Los talentos que él me ha dado los pongo al servicio de la comunidad, mi misión es servir a Dios y a los hermanos de varias formas: cantando en misas y adoraciones, dando catequesis a los niños de Primera Comunión, preparando las celebraciones, ocupándome de los manteles y paños sagrados, abriendo y cerrando las puertas de los salones a los distintos grupos parroquiales, apoyando al párroco… Siento que eso es lo que me pide Dios: estar disponible en lo que se necesite de mí. Y todo para mayor gloria de Dios.
Así pues, animo a todos a que también colaboren en sus parroquias en lo que puedan, por poco que sea. Aparte de la satisfacción personal que produce el haber ayudado, también se crean lazos de fraternidad que nos hacen formar una gran familia, la familia parroquial.