Del «te quiero» al «te amo»

El sol reverbera en el Mar de Galilea. Sus estelas, sobre las aguas quietas, transmiten una eternidad callada, indescriptible. Hay una luz limpia, una paz honda en la ribera. Por esas orillas, donde el agua aún besa con suavidad la gravilla, caminan dos hombres: Jesús y Pedro. Ya han comenzado a marcar el rumbo de los siglos.

Asombra la conversación. Es un diálogo menudo, de una sutileza infinita. Cristo, que conoce la condición humana, va descendiendo; adapta su lenguaje a nuestra torpe sinceridad. «¿Me amas más que estos?», pregunta el Maestro. Utiliza el término griego «agape», el amor supremo. Pero Pedro, abrumado por el recuerdo de sus negaciones, no puede elevarse a tanta altura. Siente el peso de su debilidad. «Tú sabes que te quiero», responde. Usa «phileo», el afecto humano, la amistad entrañable. No hay ajuste. Cristo insiste por segunda vez: «¿Me amas?», prescindiendo ya del lazo con los otros. Y Pedro, persistente en su humilde verdad, vuelve a replicar con su «phileo».

Llega el instante culminante. Cristo, comprendiendo la limitación del apóstol, se abaja del todo. En la tercera pregunta, adopta la palabra de Pedro: «¿Me quieres?». El pescador se entristece, ve su incapacidad para el amor pleno. Sin embargo, ahora sí, responde en el mismo término: «Tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero».

El mandato, pese a todo, es idéntico: «Apacienta mis ovejas». La debilidad humana queda así sellada por la gracia. Pedro, tiempo después, será probado y entregará la vida. En ese sacrificio supremo, sanadas ya las negaciones, demostrará que su tibio «phileo» era, en verdad, un «agape» dilatado hasta la eternidad.

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