La santa indiferencia

La reciente visita del Papa nos ha dejado una llamada clara: necesitamos ser más humanos para ser más cristianos. Seguir a Cristo significa aprender a mirar a Dios y a los demás con un corazón atento, capaz de conmoverse ante el sufrimiento y comprometerse con el bien. Por eso, nos ha llamado la atención sobre uno de los males más extendidos de nuestra época: la indiferencia.

Sin embargo, conviene recordar que la indiferencia de la que hablaban los santos no era la misma que padecemos hoy. La llamada «santa indiferencia», de san Ignacio de Loyola y de otros místicos, consistía en la libertad interior para no quedar esclavizados por los propios intereses, deseos o seguridades. Era una actitud de total disponibilidad a Dios. No alejaba de las personas, sino que permitía amarlas mejor.

La indiferencia actual es muy distinta. Es la que nos hace pasar de largo ante Dios y vivir como si no existiera. Es la indiferencia ante los pobres, los descartados y quienes sufren en silencio o ante las familias heridas y rotas. Es la indiferencia ante los niños no nacidos y ante las madres que afrontan solas situaciones difíciles o hacia los ancianos, tantas veces olvidados, visitados cada vez menos o apartados de la vida familiar. Es la indiferencia que nos lleva a normalizar la soledad, el abandono y el sufrimiento ajeno mientras permanecemos encerrados en nuestras preocupaciones.

Por eso, recuperar la santa indiferencia es hoy más necesario que nunca. No significa sentir menos, sino amar más. No significa desentenderse de los demás, sino salir del egoísmo para mirar con los ojos de Cristo y ponerse generosamente al servicio de todos.

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