En las últimas semanas he tenido la oportunidad de visitar dos parroquias de nuestra diócesis, en dos zonas pastorales muy diferentes. Una bañada por el mar Mediterráneo, en la Costa Meridional, San José de Águilas; la otra, en la Sierra de la Pila, La Purísima de Fortuna. Dos comunidades parroquiales ubicadas en municipios distantes en la Región de Murcia y que, en principio, parecen no tener mucho en común, pero que sí poseen un mismo sentir y deseo: crear comunidad y abrir las puertas. Las realidades pueden parecer diferentes pero el objetivo es hablar de Dios al corazón del hombre. ¿Cómo hacerlo? Es lo que les preocupa y ocupa.
Son tan solo dos ejemplos de la realidad que se vive en muchas parroquias de nuestra Iglesia diocesana que no solo quieren ser «administradoras de sacramentos», sino que quieren crear verdadera comunidad; con calor de hogar; siendo lugar de acogida y encuentro; de celebración y comunión; acompañando a la persona en su vocación, sea cual sea y tenga la edad que tenga. Comunidad que quiere además salir al encuentro de quien en cualquier tipo de periferia se sienta alejado o descartado. Y lo mejor es que no les basta con los que son, sino que dedican su tiempo y esfuerzo en formarse y en trabajar para que otros muchos puedan sumarse a esta aventura.
Y todo esto no se vive con la monotonía y el agobio de lo cotidiano, o la desidia del «esto siempre se ha hecho así», sino con ingenio, alegría y orgullo: «Nos encanta nuestro cura», dicen unos; «es una parroquia preciosa», dice un pastor. ¡Qué bonito cuando preguntas cómo se encuentran y contestan así! Con esa alegría «parroquiana».