Continuando la reflexión sobre el viaje a Tierra Santa del pasado febrero, y a la luz de un diálogo que surgía en clase semanas atrás sobre la guerra y sus condicionamientos para ser considerada como «justa», palabra mal usada, pues ninguna guerra puede ser considerada justa, venía a mi mente esta cuestión de una manera más calmada. Para ello, acudía a las fuentes magisteriales para poner luz en estas penumbras. Así, el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia –libro de cabecera para encontrar la respuesta eclesial a los planteamientos y desafíos sociales contemporáneos– nos habla de la guerra como consecuencia del fracaso de la paz.
El mismo Compendio nos presenta la inmoralidad intrínseca de cualquier guerra de agresión y ofrece cuatro criterios claros para que se pueda justificar el uso de la violencia –como legítima defensa– en el contexto de una agresión bélica. Estos son: daño duradero, grave y cierto; ineficacia o impracticabilidad de cualquier otro medio para poner fin a la agresión; condiciones serias de éxito; y que el empleo de las armas no conlleve más y peores daños y desórdenes, que los derivados de la agresión inicial.
Tenemos criterios claros de juicio para leer los acontecimientos internacionales que nos rodean, así como el testimonio de tantos que siguen alzando la voz ante las consecuencias fatales que estos conflictos crean en individuos y familias que sufren las consecuencias de intereses que nada tienen que ver con ellos.
La lucha por la consecución de la paz, el desarme, la denuncia.