Palabras moribundas (III): merienda-cena

Las meriendas de los tres días de pascuas eran copiosas y abundantes: toñas, longanizas, huevos duros, lechuga, tomates, bocadillos, chocolate… Con el ato pascuero. Volvíamos rendidos –de jugar y cantar– el alma alegre, henchida de gracia, y mi madre decía solemne: «Esta noche un vaso de leche que hemos hecho merienda-cena». Para ella, un descanso; para nosotros, seguía la fiesta. No recuerdo días más felices.

Ya habían pasado otros tres días muy diferentes. Todo impreso en mi sensibilidad infantil: Jueves Santo, procesión del encuentro, visita a las iglesias (a todas) con la estación, los Oficios del viernes, el entierro. También –pensaba yo– fue merienda-cena la despedida de Jesús: vino, panes, hierbas amargas, lavatorio de pies, largos discursos, palabras, amor y enigmas. Era una merienda, estaba de día y era cena, ese era su nombre. Yo ya leía, aunque no había hecho la Comunión; musitaba lo del cartel: «Misa in Coena Domini» y me preguntaba qué querría decir aquello. Aquel sábado (decíamos de gloria) era un día quebrado con una larga vigilia al atardecer a la que nunca me llevaron porque nosotros éramos más de misa de domingo. De esto, 60 años.

Pocos dicen ya de hacer merienda-cena, porque prefieren decir tardeo o irse de vacaciones, puente, escapada, break, picoteo, o simplemente tomar algo… Antes todo se hacía en casa, y cada día se merendaba y también se cenaba. Pero en aquellos días de pascuas, como decimos en Villena, la merienda era todo.

«¡Cómo hemos cambiado!», que cantaba Sole de Presuntos.

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