Me parece bellísima la manera en la que se retrata la relación entre Jesús y Lázaro en la serie The Chosen. San Juan tan solo nos deja entrever en su evangelio que Jesús frecuentaba la casa de Betania, y que se conmovió y se echó a llorar al llegar allí tras la muerte de Lázaro. Sin embargo, en la serie se nos muestra la complicidad entre ambos, la cercanía, la preocupación por el otro y el verdadero amor, puro y desinteresado, que ha de nutrir una amistad. Igualmente bella es cómo se representa en esta serie la relación entre Jesús y Juan el Bautista, el Mesías y su precursor.
Y así es como Cristo quiere relacionarse con cada uno de nosotros, con una verdadera relación de amistad: «A vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15, 15). Esa es la clave de la verdadera amistad: la donación gratuita por amor, no existe condicionante alguno, se trata de abrir el corazón por entero al otro; en una lealtad y fidelidad sin límites, siempre presente, cada día, a cada instante, hasta el fin del mundo. Un amigo es quien conoce tu corazón, tus fortalezas, tus debilidades y te quiere así; es quien se goza en tu alegría y se conmueve con tu sufrimiento; es quien es capaz de ponerse serio cuando necesitas afrontar la realidad y a la misma vez quien puede hacerte sonreír y sentir bien. Un amigo es capaz de dar la vida y ya sabemos que no hay amor más grande que este (cf. Jn 15, 13).
Eso es hacer la voluntad de Dios, responder a su amistad, cada uno desde la vocación a la que ha sido llamado. Porque relacionarse con Dios no es otra cosa que «tratar de amistad», como diría Teresa de Jesús, y en estos tiempos, como en aquellos, «son menester amigos fuertes de Dios» (Libro de la vida, 15).