De la amargura a la gracia: el regalo del perdón

«¡Señor, estoy angustiado, sal fiador por mí! (…) Caminaré todos mis años a pesar de la amargura de mi alma» (Is 38, 14-15).

Entre los actos del penitente, la contrición aparece en primer lugar. Es «un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar» (CEC 1.451).

La contrición perfecta, así como la imperfecta o atrición, es un don de Dios (CEC 153) y un elemento necesario para que, a través del Sacramento de la Reconciliación, la persona pueda obtener la misericordia de Dios y su perdón por los pecados cometidos.

¿Por qué es necesario? Esto es debido a que, al ser un regalo de Dios, él quiere que lo aceptemos y lo utilicemos para darnos cuenta de lo feo e hiriente que es para Dios y para nosotros el pecado que hemos cometido. Pero también porque la primera condición para obtener la cura de nuestros males es darnos cuenta de que los tenemos y de que nos hacen daño, de lo contrario nunca iríamos a las personas que nos los pueden quitar y curar.

La contrición no solo la vamos a vivir experiencialmente una sola vez en nuestra vida, esto debe darse en la persona cada vez que se acerque al Sacramento de la Reconciliación. Siempre que vamos al Médico de las almas, debemos darnos cuenta de que tenemos un mal que sanar y quitar de nuestra vida para poder acercarnos cada vez más a la condición perfecta que Dios quiere para nosotros, como hijos suyos que somos.

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