Mientras en muchos ámbitos de nuestra sociedad se nos invita cada vez más a fomentar el individualismo, no podemos evitar la necesidad innata de relacionarnos con otros. Hemos sido creados para crecer y vivir en comunidad, para relacionarnos y comunicarnos con otras personas. Por eso es tan necesario el grupo: la familia, los amigos, los compañeros de trabajo, la pequeña parte de la sociedad con la que nos relacionamos cada día. Formar parte de un grupo y ser reconocido dentro de él, tal y como somos, es importante para el desarrollo de cualquier ser humano.
Pero ¿qué pasa cuando la necesidad de aceptación y de sentido de pertenencia anula mi propio ser para buscar «otro yo» que encaje mejor con el perfil que se solicita? Ahí es donde surgen los problemas. Hace unos días saltaba a los medios el «reto del paracetamol», el desafío viralizado en redes sociales como Instagram o TikTok que invita a adolescentes y jóvenes a consumir hasta 10 gramos de este medicamento para ver quién aguanta más tiempo hospitalizado. Retos que buscan el reconocimiento del grupo y el «chute» de dopamina.
Estos y otros retos virales, que ponen en riesgo la salud y la vida de los adolescentes, son preocupantes, pero no debemos pasar por alto otro tipo de comportamientos que, de forma más sutil, delatan esa necesidad de búsqueda de reconocimiento también entre los adultos.
¿Y esto pasa también en la Iglesia? ¿Hay personas que deben alterar su modo de ser para encajar mejor en nuestras comunidades? ¿Favorecemos la integración de todos potenciando los diferentes carismas y dones, o lo circunscribimos todo en relación a los gustos de quien está al mando?