A veces, una canción famosa se convierte en oración. El otro día, cantando con la familia, me pasó algo así. En medio de risas y voces desafinadas, apareció una imagen sencilla: un faro encendido en la noche. Y de pronto, aquello dejó de ser solo una canción y se volvió oración.
«Faro que alumbras al mundo, por encima de la tempestad, devuélveme la esperanza (…) pero no en soledad (…) alumbra mi vida» (Faro de Lisboa, de Revólver).
Porque todos sabemos lo que significa caminar cuando no se ve claro. Hay etapas en la vida en las que la fe se nubla, el cansancio pesa y el rumbo parece incierto. Momentos en los que el faro sigue ahí, pero nuestros ojos no alcanzan a distinguir su luz. No porque se haya apagado, sino porque la niebla es espesa.
En esos tramos del camino surge la tentación de pensar que vamos solos. Sin embargo, la experiencia cristiana nos recuerda algo esencial: no caminamos solos. Dios no es una luz lejana que observa desde lo alto, sino una presencia fiel que acompaña cada paso, incluso cuando no la sentimos.
Por eso esta oración cantada se convierte también en intercesión. La pido para mí, para mis amigos y amigas, y para tantas personas que sirven en nuestra diócesis y que hoy no consiguen ver el faro, que avanzan con miedo, dudas o heridas. Que no pierdan la esperanza. Que confíen en el «Faro».
Porque el camino no se recorre en soledad. Y porque solo con Él, aun en la noche más oscura, la luz acaba encontrándonos.