Parece ser que la última moda ha llegado también a nuestro país. El fenómeno Therian nos presenta a personas (mayoritariamente adolescentes y jóvenes) que se identifican con animales (generalmente caninos o felinos) y se visten y muestran como tal. Y aquí no es que la persona se identifique con otro género o identidad sexual, sino con otra especie… Hace días leía también que una mujer japonesa se había «casado» con un personaje de inteligencia artificial que ella misma ha diseñado utilizando ChatGPT.
No sé si este tipo de informaciones que nos llegan por medios de comunicación y redes sociales deben hacernos reír o quizá deberían preocuparnos; igual deberíamos preguntarnos qué está pasando, por qué no tiene sentido la vida para tantas personas, por qué el ser humano ha perdido la esperanza en su propia especie, qué respuesta podemos nosotros como Iglesia aportar a la sociedad…
Entiendo que es difícil amarte si no te has sentido nunca amado, y si sientes que nunca has recibido amor, ¿cómo podrías tú amar a otros? Pero quien ha conocido a Cristo no ha de sentirse nunca así, porque él mora (shejiná) siempre dentro de nosotros, incluso cuando nos es más difícil encontrarlo. Por eso es bueno volver de vez en cuando al desierto, al silencio, para dejarnos conquistar por él, y la Cuaresma es sin duda un tiempo especial para alejarnos de los ruidos que nos impiden tantas veces escuchar su voz; buscarle en la quietud, sin prisas; admirarle en la belleza de la creación. Y allí, en la dicha de su presencia preguntarme cómo me soñó Dios y recordar, como nos canta Hakuna, que si por un segundo viéramos cuánto nos ama, como él reventaríamos de amor.