Y casi sin darme cuenta, vuelve la Cuaresma.
Se nota en la agenda cofrade que empieza a llenarse, en los ensayos que marcan el ritmo de la semana. Actos, pregones, misas, triduos… todo se sucede uno tras otro. Y es que en estos días los cofrades nos ponemos en marcha, como si lleváramos meses esperando escuchar el primer redoble de tambor que nos dice: ahora sí, ahora empiezas de verdad.
Y la verdad es que me gusta, no lo voy a negar. Me gusta esta intensidad, este reencuentro, este preparar las cosas… Pero cada año me hago la misma pregunta: ¿me muevo solo por fuera o también me muevo por dentro?
La ceniza no es solo un gesto. La penitencia no es solo una palabra que suena a antiguo o pasado de moda. La oración no es un mero trámite más en la agenda. Todo esto es un camino que tengo que recorrer. Es dejar que el Señor me toque antes de que yo salga en procesión para mostrarlo a Cartagena.
En los ensayos, mientras voy marcando el paso al ritmo del tambor, siento que yo también necesito acompasar mi corazón al ritmo de la Cuaresma. No basta con saberme el recorrido de memoria. No basta con preparar la túnica y el capuz. Tengo que preparar el alma.
La Cuaresma nos invita a no perdernos en lo externo, aunque lo externo sea hermoso. Nos invita a profundizar, a detenernos, a recordar que todo termina en la Pascua.
Porque ser cofrade en Cuaresma no es correr. Es volver a empezar. Y empezar por dentro.