Tradición viva y lenguaje

No me cabe duda de que cualquier institución piensa que, si pierde el control del lenguaje, pierde poder, y eso le genera crisis de identidad. En la institución eclesial somos conscientes de que la Tradición es dinámica, creativa y diversa; la creatividad, la diversidad y la capacidad de revisar nos hacen humanos. Pero eso desata el miedo de muchas personas, porque lo perciben como hundimiento de lo inamovible, la destrucción de su poder de marcar el rumbo de otras personas y de controlar y, tal vez, la crisis de la religión como tal.

Un texto de la Tradición no puede ser repetido literalmente. Hay que revisarlo, reinterpretarlo y, a veces, dejarlo definitivamente de lado. Los nuevos ojos u oídos con los que se lee o escucha, los cambios culturales, las nuevas experiencias personales y comunitarias, el análisis crítico del origen y de la historia del texto, los diferentes horizontes temporales y locales… nos llevan en la comunidad teológica a reinterpretarlo mediante una fusión de horizontes (el pasado y el actual) en la que prevalezca lo que «ahora» significa algo.

San Pablo ya era crítico con el lenguaje que no se entendía en las reuniones comunitarias cristianas: «Si uno habla un lenguaje que yo no conozco, mis palabras serán un galimatías para él y las suyas para mí» (1 Cor 14, 11).

El miedo al cambio de lenguaje puede delatar un miedo a la verdad. Además, ese cambio de lenguaje no afecta únicamente a lo verbal; también al silencio, al gesto, al abrazo, al beso, a la danza, a la mirada…

Ya no sirven los lenguajes rígidos, inexpresivos y saturados de verborrea.

Otros artículos

El fichaje de Dios: menos rezos de grada y más echarse el mundo a la espalda

Tradición viva y lenguaje

Una paz desarmada y desarmante