No soy un derecho, soy un don

Vivimos en una época en la que se nos enseña que todo puede elegirse, planificarse y ajustarse a nuestro calendario de Google. También los hijos. Como si traer una vida al mundo fuera parecido a comprar una casa, cambiar de trabajo o comenzar con un proyecto personal. Primero «me realizo», «me preparo», «veo si me viene bien»… y después, quizá, un hijo. Pero esta lógica convierte algo sagrado en producto, y un misterio en trámite.

Un hijo no es un derecho que se reclama ni un producto que se encarga cuando conviene. Un hijo es un don. Un regalo enorme que llega, muchas veces, cuando no encaja, cuando descoloca, cuando rompe esquemas. Y precisamente ahí está su grandeza: en que no nace para cumplir mis planes, sino para cumplir los de Dios.

Cuando los hijos pasan a ser un capricho, pasan a estar sometidos a las expectativas de quien los «desea». Y eso es una carga injusta ya que nadie debería venir al mundo con la misión de complacer a sus padres, justificar sus decisiones o compensar sus frustraciones.

Me gusta pensar que soy fruto del amor de mis padres, no de su cálculo. Que no fui diseñada y programada, sino recibida y acogida. Que no me moldearon a su imagen, sino que me acompañaron para descubrir quién estaba llamada a ser. Creer que los hijos son un regalo nos devuelve a una verdad incómoda pero que libera: no lo controlamos todo.

La vida se acoge, no se fabrica. Y quizá, en una sociedad obsesionada con el control, esa sea la forma más radical de amar.

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