Últimamente uno se pierde en las estanterías del pan, hay panes de todas clases: de cereales, de maíz, de centeno, las famosas focaccias, los que se inventan los jóvenes nutricionistas con huevo y cualquier cosa, ya sean garbanzos, calabaza; con lo que pilles puedes y debes hacerte un pan saludable. Porque el pan blanco, el de toda la vida, el único que había en la panadería de mi pueblo, ese pan, engorda, lleva demasiados hidratos y no es bueno.
En estas divagaciones sobre el pan y sus rivales andaba cuando cayó en mis manos el folleto de este año de la Campaña contra el hambre. ¿Qué pensarán los niños de la fotografía de la cantidad de florituras que hacemos aquí con el pan? Quizás si supieran que aquí nos alejamos del pan porque perseguimos otros alimentos que nos aportan mayor dosis de salud, ellos querrían coger unos cestos vacíos y llenarlos de la comida que nosotros no ingerimos porque nos perjudica. O, tal vez, esos niños darían lo que no tienen por ver a su padre mordisquear el pan duro que nosotros desechamos.
Mientras todo esto se lo imagina ese pequeño habitante del planeta, nosotros, los del primer mundo, ajenos a la pobreza de alimento en el tercero, nos preocupamos por tener bien nutrido el cuerpo. ¿Y el alma? Solo le pido a Dios no olvidar las sabias palabras del Deuteronomio, en su capítulo ocho, cuyos versículos pretenden educarnos en el desierto: «No solo de pan vive el hombre».