Fuese la época del año que fuese, un amigo siempre me decía: «¡Feliz Navidad, siempre es Navidad!». Al principio sonaba a broma entrañable; con el tiempo comprendí que encerraba una verdad profunda. La Navidad no es solo un tiempo del calendario ni un conjunto de luces, villancicos y adornos. Es una manera de vivir.
Ya se han apagado las luces de los pueblos, de las casas, de las calles que durante semanas nos recordaron el nacimiento de Jesús. Guardamos los belenes, recogemos los árboles y volvemos a la rutina. Y, sin darnos cuenta, corremos el riesgo de apagar también algo por dentro: la esperanza, la alegría sencilla, la cercanía familiar, la solidaridad, la ternura, la misericordia, la capacidad de perdonar, el deseo de servir.
Qué bonito sería que, al menos los cristianos, mantuviéramos ese «¡feliz Navidad!» durante todo el año. Que no se apaguen los sentimientos que nacen del Evangelio: la paz que serena, el amor que se entrega, la fe que sostiene, la fraternidad que une, la confianza en Dios que no falla, aunque el mundo parezca oscuro.
Santa Teresa de Calcuta nos dejó una frase sencilla y luminosa: «La paz comienza con una sonrisa». Tal vez no podamos cambiar grandes conflictos, pero sí encender pequeñas luces cada día: una palabra amable, una escucha sincera, un gesto de reconciliación.
Cuando se apagan las luces exteriores, ¿qué luz queda encendida en tu corazón? ¿Notan los demás, en tu forma de vivir, que para ti «siempre es Navidad»?
Mantengamos viva esa luz. El mundo la necesita. ¡Feliz Navidad!