Una vez más, la tragedia nos toca de cerca y, una vez más, el amor se abre paso entre escombros para salvar vidas y consolar; porque mientras unos se colaban en el plano de los objetivos, a empujones si hacía falta, otros se jugaban la vida a oscuras de forma anónima. Los primeros son los que deberían dedicar todo su tiempo y esfuerzo a cuidar de aquellos que tienen a su cargo, pues a eso se dedican y por eso cobran (en nómina o en sobre); mientras que a los segundos les mueve la compasión y el amor, ese amor al otro, al prójimo, que es capaz de sanar a una sociedad herida.
El ser humano lleva toda su existencia conviviendo con la muerte y todavía no nos hemos acostumbrado a ella, y mucho menos cuando irrumpe así, de forma brusca, violenta, sin sentido… Pero siempre, entre la oscuridad y el dolor destaca mucho más la luz: la luz de ese Sol que «nace de lo alto», que siempre está, aunque las nubes y la tormenta se empeñen en ocultarlo; y la luz de quienes sin pensarlo se ponen al servicio para ayudar a otros.
De lo ocurrido estos días ha trascendido el nombre de algunas personas, como el de Julio que, con tan solo 16 años, se convirtió en el ángel de la guarda de muchos esa noche. Pero de la gran mayoría «su nombre no saldrá mañana en el periódico, ni a mediodía su rostro en la televisión», porque son héroes anónimos de «esos que dan su vida por amor», que cantaba Luis Alfredo Díaz.
En nuestra mente, corazón y oración, las víctimas mortales, los heridos y sus familiares. Para nuestro recuerdo el amor de quienes no dudaron y las palaras de Fidel: «Estoy seguro de que mi madre (Nati) ha hecho que el amor de su vida, Jesús de Nazaret, hiciera el milagro: «Llévame a mí y deja a mis nietos y a mis hijos aquí»».