Detenerse para ver

Hay días en los que siento que vivo en scroll, como si el mundo pasara ante mis ojos en forma de pantalla. Trabajo, casa, familia, compras, correos, prisas, horarios, redes sociales… Todo va tan rápido, tan seguido, tan encima, que apenas me doy cuenta de por dónde voy. Y lo peor no es eso. Lo peor es que, sin darme cuenta, empiezo a pensar que eso es la realidad.

Que la felicidad a perseguir es una casa ordenada o una lista de cosas hechas; que la plenitud está en llegar a todo, en sonreír siempre, en no parar. Y no. No es así. Jesús lo dijo con una claridad que atraviesa siglos y pantallas: «Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Jn 8, 32). Pero… ¿qué verdad?

No es la que grita el mundo, ni la que se desliza en Instagram, ni la que marca el reloj. Es la verdad de lo que somos, de lo que tenemos, de lo que Dios nos ha dado; y para conocer esa verdad, hay que parar el dedo, la mente y el corazón. Y después, mirar.

Mirar a nuestra familia, la comida que hay en la mesa, el vecino que saluda, el compañero que está a tu lado… Mirar hacia ese rato de silencio que no llega porque no lo buscamos. Mirar al Señor que sigue estando, aunque a veces no lo miremos. Mirarlo a Él que lo ha dado todo, aunque no nos demos cuenta de nada.

Y ahí, justo ahí, en medio de todo… está la verdad. La que no pasa. La que no engaña. La que, cuando por fin la vemos, nos hace libres.

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