Stat crux dum volbitur orbis

El lema de los cartujos va conmigo, no tanto por especial afinidad espiritual con la admirada orden contemplativa, sino por su sentido oportuno, muy especialmente en los tiempos que nos ha tocado vivir. Mi condición de sexagenario me ha facilitado ser contemporáneo de «guerras y noticias de guerras, levantamientos de pueblo contra pueblo, hambres, epidemias y terremotos…» (cf. Mt 24, 6). Y cualquiera que eche un vistazo a la historia podrá descubrir otras calamidades y desastres peores que aquellos de los que yo he sido testigo.

Ciertamente los acontecimientos actuales nos producen intranquilidad. Nadie hubiera sospechado hace una década una pandemia como la del covid ni el asalto al Capitolio, por poner dos ejemplos recientes de desorden. Este caos mundial nos inquieta, es natural. Como es sobrenatural que no nos quite la paz. Otros, antes que nosotros vieron caer Jerusalén, Roma y Constantinopla; otros contemplaron la islamización del muy cristiano norte de África; otros sufrieron y sufren persecución, cárcel y martirio; otros vivieron muy de cerca los espantos de las dos guerras mundiales, sucumbieron a la peste negra o al terremoto de Lisboa.

La paz que nos da el Señor no es de este mundo y nos sirve para transitarlo. ¡Si lo sabré yo, que la pierdo con facilidad! Por eso la cruz permanece estable mientras el mundo da vueltas, que es lo suyo, para que ni tú ni yo la perdamos, o, al menos, la recuperemos pronto sin mucho más esfuerzo que el de volver los ojos al Resucitado.

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