Parece ser que algunos grupos de adolescentes se visten de forma similar para intentar de esa manera confundir a los adultos, especialmente a los profesores. Algo así intentó explicarme mi sobrina que le había comentado mi hermana. Elena tiene seis años recién cumplidos, pero aún en su inocencia fue capaz de expresar: «Qué aburrido, tata, si todos se visten de negro». Y es cierto. Iniciamos ahí una buena conversación. Es mucho más divertido cuando vestimos de colores diferentes; cuando unas personas llevan el pelo largo y otras corto (o con escasez absoluta); cuando nuestros ojos, narices y orejas son de formas y tamaños diferentes; cuando la altura y la anchura varían… Un mundo en el que todos fuésemos iguales, en apariencia y carácter, sería aburrido y perdería lo que cada uno aporta a los otros desde su «ser yo».
Algo similar ocurre en la Iglesia. Somos hijos de un mismo Dios, sin embargo, vivimos nuestra fe según los dones y carismas recibidos. Hay quienes se recogen en silencio y quietud para hacer oración, y quienes alaban a Dios en comunidad con cantos y los brazos extendidos al cielo; quienes se preocupan más por cultivar la vida interior y quienes salen más de sí para cuidar de los demás; quienes viven una vida contemplativa en comunidad y quienes lo hacen dejando incluso su país de origen… Todo es Iglesia.
El Papa Benedicto XVI habló de la unidad en la diversidad en el Ángelus de 2010 en la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos: «La Iglesia se presenta como un organismo rico y vital, no uniforme, fruto del único Espíritu que lleva a todos a una unidad profunda, asumiendo las diversidades sin abolirlas y realizando un conjunto armonioso». Qué bonito si pudiera darse de verdad dentro de los muros de nuestra Iglesia católica y también con el resto de Iglesias cristianas.