He dejado de hablar de Dios

Cierto es que siendo profesora de Religión Católica esta frase es imposible llevarla a cabo en mi profesión. Aunque reconozco que me he dado cuenta de que es mejor no hablar a quien no quiere oír, ya que desgasta a quien habla y llega a aburrir y ofender a quien se le habla. Por esa misma lógica es por la que he cambiado de interlocutor.

A ver cómo me explico. Son tantas cosas y tan extraordinarias las que diría de Dios a todas las personas con las que me cruzo que no podría callar. Pero no es lo que digo sino a quien se lo digo lo que falla en mi experiencia. Así que ahora es a Dios a quién le hablo de cada una de las personas que hay en mi vida. Este interlocutor siempre me escucha, conoce a cada una de las personas de las que le hablo; las ama, le encanta escuchar lo que le digo de ellas; eso sí, siempre calma mi corazón, llena mi alma de esperanza y paz. Hace posible que mi atolondrada acción se someta con confianza a sus planes para con cada una de las personas que están en mi vida.

Ya lo sé, sí lo sé, y seguro que muchos de quienes leen esto le ponen nombre a estas conversaciones que tengo con Dios: oración de intercesión. Pero es tan bonito descubrirla poco a poco, siendo dócil a la voluntad y los tiempos de Dios. Respetando la libertad de las personas y confiando en que «ninguna oración regresa vacía» (Isaías 55, 11).

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