Un buen propósito

Echo de menos aquel tiempo en el que la política se ejercía por el bien común; cuando, estando en extremos opuestos, se buscaban caminos para mejorar y no importaba coincidir en ciertos aspectos; cuando lo bueno para el pueblo primaba sobre la identidad de partido (o el interés personal). Echo de menos lo «políticamente correcto», la educación, el respeto, el poder expresar una idea, una opinión, un sentimiento sin tener que herir los de los demás; la valentía e inteligencia que denotaba el poder cambiar de opinión ante una argumentación válida. Echo de menos el sabor originario de las cosas, los tomates que sabían a tomate, el aroma del melocotón, el olor al amanecer de la panadería del Chato. Echo de menos el quedar en un sitio a una hora concreta y confiar en que los otros llegarán, las sobremesas sin móviles, las conversaciones con los amigos cara a cara, las acampadas en el monte…

Soy de la generación X, «conocidos por nuestra independencia, pragmatismo y gran capacidad de adaptación a la tecnología». Creo que estas son dos condiciones importantes: independencia y adaptación. Para sobrevivir, los seres vivos han de adaptarse a las condiciones ambientales y sociales, pero sin perder aquello que les hace ser lo que son. Si el ser humano pierde su independencia, ¿qué será entonces?

Ahora, que todo es artificial y procesado, que es complejo distinguir lo real, que se nos quiere hacer creer que es mejor no pensar y que otros lo hagan por nosotros, creo que es tiempo de cambio ¿y qué mejor que hacerlo a inicio de año? Entre los propósitos para este 2026 estaría bien plantearnos ser más humanos, no solo comprensivos y sensibles a los infortunios ajenos (cf. RAE), sino también más próximos a lo que verdaderamente somos y a lo que podemos llegar a ser.

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