Nos gusta llevar las riendas de nuestra vida, por eso a la hora de tomar decisiones no permitimos que nadie nos diga lo que tenemos que hacer y cómo hacerlo. Se considera un signo de autonomía y fortaleza, de una gran personalidad.
Sin embargo, muchas de las decisiones cotidianas las realizamos en base a apegos e intereses espurios que en lugar de darnos paz nos conducen a una mayor tristeza, insatisfacción y vacío.
En palabras de Simone Weil, los bienes más preciados no deben ser buscados sino esperados (en alusión a la Gracia). En una versión actualizada el grupo de música Izal también dice «siempre fue mejor lo no buscado».
Nuestro deseo de complacer a los hombres, el miedo a incomodar, el anhelo de reconocimiento o nuestro apego a los bienes materiales, especialmente al dinero, pueden pervertir nuestras decisiones.
Frente a esto, en cada situación ¿te imaginas preguntarte qué haría Jesús en este momento y poder actuar en consecuencia? Te propongo liberarte de tus proyectos para acoger los proyectos que Dios tiene para ti, alinear tu toma de decisiones con lo que Dios sueña para ti.
Para ello es necesario escuchar el soplo del Espíritu Santo en lo más profundo de tu corazón, mostrar docilidad a Dios a través de la oración, de los acontecimientos diarios y de las personas que te rodean. Ten paciencia, cultiva la escucha, la atención y muestra disponibilidad. Solo de este modo una decisión tomada se convertirá en una decisión recibida.