Las palabras nacen, crecen, se reproducen y mueren. Dedicaré mis columnas del 2026 a las palabras moribundas. No me refiero a niqui, sustituida por polo, o a mozo, aprendiz, pasante o mancebo, sustituidas irreversiblemente por joven, becario en prácticas extracurriculares, ayudante o auxiliar de farmacia.
Pienso en aquellas que fueron muy populares en teología o en la vida cristiana y que han caído en desuso o desgracia. Vamos con la primera: ¿Quién utiliza hoy el término Reino de Dios, o la más secular utopía? ¿Dónde quedan términos como aggiornamento o la expresión hombre de hoy u hombre contemporáneo? Te miran mal si dices consagración episcopal y no utilizas el término ordenación episcopal. ¿Quién se atrevería a hacer una reflexión sobre El Reino de Dios o Reino de los cielos sin descubrir que no te entienden o sin incurrir en anacronismos y burlas? Pregunten a sus alumnos, a sus hijos o nietos, a sus compañeros de viaje. Quizá alguno relacione el Reino de Dios exclusivamente con el cielo, el paraíso, la vida eterna o el «valle donde moran las almas inmortales». Sin embargo, Jesús a sus amigos lo explicaba divinamente: El Reino de Dios se parece a un padre, una mujer, un pastor, un grano de mostaza, un tesoro escondido en el campo, la perla preciosa, la levadura, un rey, un amigo inoportuno… Si el Reino no está en nuestro vocabulario ordinario ¿estará dentro de nosotros o estará verdaderamente cerca? Difícilmente. Palabras moribundas, mentalidades moribundas, generaciones moribundas… ¿quién lo sabe?