Si sostenido

Yo no entiendo mucho de música, pero –si no me equivoco– el si sostenido es, en realidad, un do. Es decir, aparenta ser otra cosa, pero en el fondo es lo mismo. Y algo parecido sucede con el amor para toda la vida: parece inalcanzable, raro, casi imposible… y, sin embargo, existe, aunque a veces no sepamos reconocerlo.

Hace unos días tuve la suerte de participar en las bodas de oro de M. Carmen y Félix. Cincuenta años –que se dice pronto– de fidelidad, perseverancia, constancia, esfuerzo y renuncias hechas por amor, para que el otro pueda ser. Cincuenta años con Dios en el centro, sosteniendo cada paso.

Aquello me hizo preguntarme por qué algunos «síes» llegan y tantos otros no. Pensé que, dentro de unos años, apenas veremos bodas de oro, porque cada vez menos personas se atreven a apostar por ese «sí sostenido», ese si sostenido que parece otra cosa pero que, en esencia, es un do firme y verdadero.

Ese «sí» solo se mantiene en lo pequeño de cada día: en la entrega sencilla, en el perdón que vuelve, en los detalles, en la rutina compartida, en la madurez de permanecer fieles a lo que un día se prometió.

Comprendí entonces que el amor para toda la vida se parece a la música: así como no puede haber un si sostenido sin ser do, tampoco puede mantenerse un amor duradero si Dios no está en el centro. Él es quien da tonalidad a la partitura, quien ordena notas y silencios, quien convierte la historia de dos en una melodía que suena al ritmo del Espíritu.

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