Papá, ¿cuánto ganas por hora?

Así preguntó Antoñito a su padre al volver del trabajo: «Papá, ¿cuánto ganas por hora?». Andrés, con gesto severo, respondió: «Oye, hijo, esas cosas ni siquiera a tu madre se las digo; además, no me molestes, que vengo muy cansado». «Pero papá –dijo Antoñito–, ¿no puedes decirme, por favor, cuánto ganas por hora?». «Gano solo cinco euros por hora», respondió entonces Andrés, ya con más calma. «Vale… ¿me podrías prestar dos euros?», le preguntó Antoñito. «¡Acabáramos! –dijo el padre algo enfadado– ¿así que esa es la razón de saber cuánto gano por hora? ¡Anda!, vete a la cama, que deberías estar durmiendo».

Poco después Andrés reflexionó sobre lo ocurrido; se sentía culpable y no estaba tranquilo, mientras veía la televisión. Tal vez –pensó– el niño quería el dinero para comprarse algo de mucho interés, por lo que queriendo descargar su conciencia, se levantó del sofá, se fue hacia el cuarto de Antoñito, y en voz muy baja le preguntó: «¿Te has dormido ya?». «No, papá», respondió Antoñito. «Escucha, hijo –le dijo el papá–, aquí tienes los dos euros que me has pedido». «¡Gracias, papá!», dijo el niño metiendo sus manitas bajo la almohada. Y sacando otros tres euros dijo: «¡Ahora sí estoy contento: he conseguido juntar cinco euros!». «Está bien, hijo, pero ¿para qué quieres esos cinco euros?». Y Antoñito le dijo: «Papá… ¿me podrías vender una hora de tu tiempo?».

No está de más tener en cuenta esta historia de cara a las próximas fiestas y a la realidad que vivimos: el mejor regalo somos nosotros y nuestro tiempo.

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