Siempre alegres

«La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría». Con estas palabras comenzaba el Papa Francisco su primera exhortación apostólica, Evangelii Gaudium, que nos regalaba unos meses después del inicio de su pontificado.

¿Cuántas veces una buena noticia nos ha hecho sonreír, gritar, saltar o incluso llorar de alegría? Esas pequeñas o grandes victorias en el día a día que nos afectan directamente o que inundan de felicidad a quienes tenemos cerca. E igualmente nos produce alegría (o al menos sería lo lógico que así fuera) la dicha de quienes, siendo desconocidos, son bendecidos con la fortuna o superan cualquier tipo de maldad e injusticia.

Sin embargo, la alegría que nos mencionaba Francisco, aquella de la que hablaba san Pablo, es un sentimiento mucho más profundo, «llena el corazón y la vida entera»; es fruto de una elección, un encuentro, un rescate, una alianza personal y exclusiva de Dios con cada uno de sus hijos. Esta alegría no es un sentimiento pasajero, fruto del momento, sino que permanece latente en quienes la experimentan, incluso cuando las circunstancias son adversas. Cuando el dolor, la pérdida, la incertidumbre o la persecución acechan, incluso entonces, «alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo» (Mt 5, 12). Un buen propósito en este Adviento sería luchar contra el pesimismo y el desánimo que tantas veces nos invade, porque nosotros sabemos que nos visitará «el sol que nace de lo alto» (Lc 1, 78), por eso «alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos (…). El Señor está cerca» (Flp 4, 4-5).

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