Cuando se acerca el fin de año parece que hay que hacer listas: propósitos, metas, retos… Yo no soy mucho de eso, la verdad. Prefiero sentarme en silencio un momento, dejar que se me vayan viniendo los recuerdos y quedarme con lo bueno.
No porque el año haya sido perfecto, ni mucho menos. Reconozco que ha habido días torcidos, alguna que otra lágrima, momentos en los que una no entiende nada. Pero el fin de año me enseña a no quedarme ahí, para poder mirar atrás con gratitud, no con lupa para sacar defectos, sino para hacer memoria con los ojos de la fe.
A las puertas de la Navidad y el fin del año solo quiero dar gracias. Gracias por lo pequeño: por la casa, por el hogar; por la mesa puesta, aunque sea con prisas; por los abrazos al salir y al volver; por mi familia, que está siempre, pase lo que pase. Gracias por la sonrisa de mi hija al despertarse; por el beso diario de mi marido; por el cansancio que a veces viene de hacer cosas que valen la pena; por las conversaciones sencillas al final del día; por todo lo que no salió como esperaba, pero me hizo crecer. Le doy gracias a Dios por no haber tenido miedo a seguir o por haberlo tenido, pero haber seguido adelante.
Gracias, Señor, por haber estado a mi lado; por haber sido mi refugio y mi fuerza, porque sé que estuviste incluso cuando yo no te veía.
Que venga el año nuevo como quiera. Yo lo recibiré con las manos abiertas, pero mirando hacia atrás. Porque antes de pedir, me gusta dar las gracias. Porque antes de escribir una nueva lista, prefiero contar lo que me ha hecho reír, sonreír… y seguir.