Elogio al buen maestro

Con el efecto Pigmalión se ha demostrado que las expectativas del docente sobre sus alumnos influyen decisivamente en su rendimiento y desarrollo personal. Te doy las gracias porque tus expectativas sobre mí siempre fueron altas. Mientras otros me etiquetaban y señalaban hacia abajo, tú siempre confiaste en mí, apuntando alto, más incluso de lo que yo mismo podría pensar.

Lo primero que admiré de ti fue el dominio que tenías de los contenidos, pero pronto me di cuenta de que tu verdadera pasión era el conocimiento en general y el poder compartirlo con otros. Supiste contagiar el gusto por la cultura.
Me corregiste cientos de veces, pero lo hiciste con cariño. Eras exigente conmigo, pero mucho más contigo mismo, demostrando que el testimonio es el elemento clave en cualquier relación educativa.

Gracias a tu manera de relacionarte conmigo comprendí que educar es mucho más que tener la competencia pedagógica o psicológica. Pusimos la atención en la relación ética en la que ambos nos sentimos acogidos tal y como somos. Pudiendo estar en otras cosas que te beneficiaban más a ti, «perdiste el tiempo» conmigo, hiciste el esfuerzo por conocerme en lo más profundo y desde allí me sentí querido y comprendido.

Me enseñaste que las experiencias educativas más decisivas son aquellas gratuitas, no se califican, ni se certifican, no sirven para méritos, pero nos marcan la vida. Con tu cercanía demostraste que educar es un acto de amor, por eso quien no esté dispuesto a amar, mejor que se dedique a otra cosa.

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