En la pedagogía ignaciana hay unas disyuntivas a las que ha de enfrentarse el ejercitante y que las tendrá que manejar con desparpajo: salir o entrar de uno mismo; perder o ganar la vida entera; salud o enfermedad como oportunidad; riqueza o pobreza a los ojos de Dios y del mundo; honor o deshonor, que no es lo mismo que éxito o fracaso; vida larga o vida corta, pero vida verdadera. Y también hay binomios genuinamente ignacianos que son muy importantes para ser considerados: buscar y hallar la voluntad de Dios; desear y elegir a Jesucristo; servir y seguir al Señor; conocer y amar internamente su persona y su reino; y por último y para en toda circunstancia amar y servir.
Hacer ejercicios espirituales –de verdad– es mucho más que retirarse a descansar y tomar distancia para rezar un poquito mejor. San Ignacio espera que el ejercitante reforme integralmente su vida desde la raíz; y si todavía no hubiere determinado la elección del estado de vida, pedir ser recibido bajo la bandera de Cristo y responderle con grande liberalidad en una íntima y deliberada determinación.
Ahora que vamos a cerrar el 2025, convendría recuperar la vieja disciplina del retiro anual, de los ejercicios, del silencio ordinario y del examen antes del descanso nocturno. Tanto ruido nos está desfigurando, tanta prisa nos está enfermando, tanto vivir en la superficie acabará con nosotros. Aunque sea de la mano de Byung-Chul Han, el filósofo de moda, volvamos a lo esencial.