8 de junio 2016

Una nueva virgen consagrada entrega su vida a la Iglesia de Cartagena

XI miércoles del Tiempo Ordinario

El pasado fin de semana el Santuario de la Fuensanta acogía la consagración de una nueva virgen consagrada, Carmen García Mateos. Una celebración oficiada por el Obispo de la Diócesis de Cartagena, quien habló de la importancia de la entrega de vida total y generosa a Dios. Además, acudieron un gran número de fieles, así como otras vírgenes consagradas de la Diócesis, donde hay nueve en total.

El rito de la consagración de una virgen consagrada lleva consigo unos símbolos y gestos concretos, propios de la Ordo Virginum (Orden de las Vírgenes). El Obispo le impuso el velo, símbolo del desposorio, de la novia, de la esposa. Así mismo, se le hizo entrega de un anillo, que significa vocación de eternidad. Carmen recibió además una cruz (símbolo del Esposo crucificado) y un diurnal, pues a partir de este momento ella tiene el compromiso de rezar de forma oficial, ya que se le ha encomendado en favor de la Iglesia.
Carmen García Mateos tiene 44 años y es auxiliar de enfermería en la residencia de San Basilio, en Murcia. Pertenece a la parroquia de San Francisco, de los padres Capuchinos. Allí, hace dos años, encontró un tríptico informativo sobre las vírgenes consagradas y fue entonces cuando se dio cuenta de cuál era su lugar en la Iglesia, un espacio que buscaba incesantemente desde bien pequeña.
Ordo Virginum
El Ordo Virginum, u Orden de las Vírgenes, es una vocación que aparece ya en la Iglesia primitiva, entre las primeras comunidades cristianas y que fue recuperada por el Concilio Vaticano II.
En 1972 el Santuario de la Fuensanta acogió la primera celebración en toda España de consagración de vírgenes consagradas. En aquel momento fueron cinco las mujeres que decidieron dedicar su vida, desde su día a día, al Señor, a la oración y a la Evangelización.
Las vírgenes consagradas son mujeres cristianas, vírgenes, que viven en medio de la sociedad, con su familia y ejerciendo su profesión. No pertenecen a ninguna congregación ni instituto religioso. No son monjas. Pero ellas viven con una vocación concreta, hacen público su propósito de castidad y, con su consagración, quedan ligadas a su Iglesia local.

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