4 de octubre 2016

“Rezad por la paz en Siria, por vuestros hermanos mayores en la fe”, Fadi Janawi, refugiado sirio

XXII martes del II Tiempo Ordinario

Una familia de refugiados de Alepo, que actualmente vive en Toledo, ofreció su testimonio el domingo en Cartagena, durante una convivencia de la parroquia de San Fulgencio. Fadi, Rim, Pierre y Jad piden oraciones para que la guerra llegue a su fin.

“La vida era buena antes de la guerra. Vivíamos una vida normal pero cuando la guerra comenzó cambió todo. Los grupos armados cortaron el agua y destruyeron las estaciones de electricidad en Alepo desde entonces hasta hoy. Vivimos muchas semanas sin agua y sin electricidad. Hay un camino para entrar y salir de Alepo pero es muy peligroso. Y es el único que utilizan para llevar alimentos o medicinas... 

La vida era muy difícil. Los cohetes y morteros caían todos los días en la calle, destruían las casas y mataban a la gente en la calle. Por eso todos los días teníamos pánico de morir. Las personas estaban en casa sin trabajo y los precios eran caros. La gente no podía comprar lo necesario, y dependían de la ayuda de la Iglesia u organizaciones benéficas como Cáritas. 

Cada día, cuando mi marido se iba a trabajar no sabía si iba a volver o no; y mis hijos cuando iban a la escuela, yo me quedaba preocupada por si no volvían. Un día mi hijo pequeño fue a comprar y un cohete cayó en la misma carretera donde él estaba, pero gracias a Dios escapó, llegó a la casa huyendo, corriendo y asustado. Con todo eso pensamos que teníamos que dar a nuestros hijos una oportunidad para vivir. Y decidimos salir de Siria. Ahora estamos empezando una vida nueva en Toledo”. 
Es el testimonio de Rim Battikha, una mujer siria, madre de dos hijos: Pierre de 19 años y Jad de 13 años. Ella, su marido, Fadi Janawi, y los dos chicos salieron de Alepo, su ciudad natal, hace dos años y tres meses. Ahora viven como refugiados en Toledo, donde han sido acogidos y donde trabajan como voluntarios en Cáritas. Sus respectivas familias aún continúan en Alepo, ellos ya no pueden salir. El domingo contaban su testimonio en Cartagena, en la convivencia de la Parroquia San Fulgencio, en la que explicaron cómo era la vida antes y después de la guerra en su país.
“Sí, hay cristianos en Siria”. Así comenzaba Fadi su relato, en el que hizo un repaso por la historia que une a su país y a la religión cristiana, que data de hace 2.000 años. Antes de la guerra había alrededor de un 1.600.000 cristianos y más de 300 parroquias, en las que se vivían diferentes ritos católicos y diferentes confesiones cristianas. En Alepo concretamente, en su ciudad, había 150.000 cristianos y 30 parroquias. Antes de que comenzara la guerra en 2011 los cristianos vivían en libertad su fe, en barrios en los que podían expresar públicamente su creencia con adornos, luces o árboles en Navidad, por ejemplo.
La guerra
“En 2011 empieza la guerra en Siria –recuerda Fadi–. Los cristianos vivieron y se enfrentaron a mucho sufrimiento. Ahora viven en zonas controladas por el Gobierno”. 

“Hay áreas donde todas las parroquias están destruidas parcial o completamente. Pero los grupos armados no sólo destrozan, sino que también queman las iglesias y roban todo lo que hay de valor en ellas. Rompen las estatuas de la Virgen, a los iconos les quitan los ojos o las caras, destruyen las cruces”. Pero eso no es todo, este refugiado asegura que “el sufrimiento de los cristianos no es sólo porque destruyan las parroquias y las iglesias, sino que los grupos islámicos también han secuestrado a sacerdotes y obispos”, entre otros.
Muchos cristianos murieron en esta guerra en Alepo; de los 150.000 que había antes de la guerra, tan solo quedan 40.000. Algunos murieron y otros pudieron huir como esta familia.
“A pesar de todo el sufrimiento, los cristianos en Siria mantienen la esperanza y confianza en Dios, que se hace aún más fuerte. Me gustaría mandar un mensaje al mundo: la fe sigue y los cristianos siguen. La fe en Dios continúa”. Fadi Janawi junto a su familia pide oraciones por su pueblo: “Rezad por la paz en Siria, por vuestros hermanos mayores en la fe. Somos un mismo cuerpo, y cuando un órgano sufre, no sólo todo el cuerpo sufre, el Señor sufre con él”.

 

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