Reflexiones semanales
9 de diciembre 2018

Y la Palabra de Dios vino sobre Juan

II domingo de Adviento

Ya estamos de lleno en el tiempo litúrgico que te acerca al gozo de saber que caminamos al encuentro con el Señor, al encuentro de Dios con nosotros y esto nos llenará de alegría y de esperanza. La Palabra proclamada insiste en abrir las puertas del corazón para poder discernir entre lo que está siendo nuestra vida y lo que nos promete Jesús por medio de los profetas, concretamente, por medio de Juan el Bautista, la voz que clama en el desierto. El Evangelio nos sitúa, curiosamente, en el preciso momento histórico, “en el año quince del reinado del emperador Tiberio”, ahí comenzó otro tiempo de salvación, cuando la palabra de Dios vino sobre San Juan Bautista en el desierto. Nosotros somos privilegiados, porque podemos comprobar que la promesa anunciada por Isaías se ha cumplido, que Dios está en medio de nosotros, que comienzan tiempos nuevos para la humanidad, “el Señor está grande con nosotros” y eso es la causa de nuestras alegrías.

San Lucas es preciso en señalar el momento histórico, pero no es menos preciso cuando sitúa el lugar teológico, en el desierto y en el Jordán. Estos son dos lugares donde se hizo presente el Señor de una manera especial, a través de la palabra y de los signos, lugares que no han perdido su sentido hoy. En primer lugar, el desierto. Muchas veces en la Sagrada Escritura se hace referencia a él para señalar el ámbito mejor para el encuentro personal con Dios sin que nada ni nadie rompa la comunicación con el Altísimo, porque es un espacio de silencio y de paz, es donde Juan recibe la Palabra, donde Dios se le ha hecho presente para que anuncie la conversión, donde se habla de corazón a corazón. El Jordán nos habla del agua, de fertilidad, limpieza, purificación y de vida. El Evangelio dice que allí es donde bautizaba Juan e instaba a la conversión a todos, a que recibieran ese signo de purificación de los pecados con el baño de su bautismo. De esta manera estaba preparando Juan al pueblo para la venida del Mesías. La espera del Señor no será solo para el pueblo de Israel, sino ya para toda la humanidad, que debe abrir los oídos y escuchar a Dios desde el silencio y aceptar los signos de la salvación.

En este domingo, donde la Iglesia nos está llamando a la conversión para preparar el encuentro con el Señor, debemos salir convencidos de nuestra misión evangelizadora. El Papa Francisco nos pide implicarnos en la misión, ofrecer la luz de la fe con generosidad y nos dice que mucha gente, incluso de entre los que se alejaron de Dios “buscan a Dios secretamente, movidos por la nostalgia de su rostro, aún en países de antigua tradición cristiana”. Y sigue diciendo el Pontífice en la Exhortación Evangelii Gaudium, que “los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable. La Iglesia no crece por proselitismo sino «por atracción»”. La invitación del Papa es constante: Recobremos y acrecentemos el fervor, «la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas [...]». Y ojalá el mundo actual, que busca a veces con angustia, a veces con esperanza, pueda así́ recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo”.

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