Reflexiones semanales
11 de junio 2017

Ves la Trinidad si ves el amor

Corpus Christi

Hoy celebramos el gran misterio de la Santísima Trinidad, es el misterio de la vida profunda de Dios, del corazón mismo de Dios. Cuando hablamos de misterio podemos caer en la tentación de pensar en lejanía, y no es así, porque la fuente de la Vida y del amor está muy cerca de nosotros. Dios habita en medio de nosotros y no deja de comunicarse con sus hijos. Todo nos lleva al diálogo con Dios, basta abrir los ojos a la Creación, de tal manera que al contemplar la obra que ha salido de las manos de Dios, no podemos sino bendecirle y saltar de gozo, porque ha estado grande. El Padre Dios ha montado, por pura misericordia, una Historia de Salvación en la que los beneficiarios somos nosotros. El Padre se revela en su Hijo Jesucristo y, por medio de Él nos reconcilia consigo perdonándonos los pecados y haciéndonos hijos también (2Co 5). La belleza de la Historia de la Salvación se percibe en el amor derrochado, le hemos costado muy caro a Dios, que ha permitido la muerte de su Hijo Jesús por nuestra salvación. El mismo Jesús puso su tienda en medio de nosotros, haciéndose uno de tantos y enseñándonos a amar de verdad.

 

La Trinidad es un solo Dios en tres personas. El Hijo es del Padre y el Espíritu es con el Padre y el Hijo, les une entre ellos un fuerte vínculo de amor. La Trinidad es una comunión de conocimiento y amor. El hombre es claramente un ser en relación y se ve arrastrado hacia Dios y hacia sus semejantes. Dios se vuelca con la obra de la Creación y en especial con sus hijos, su obra maestra. Jesucristo nos prometió el don del Espíritu Santo a todos los que crean en Él (Jn 7,39; 20,22; Ac 2,33), es el Espíritu que nos guiará a la Verdad plena, el que nos comunicará lo que pertenece al corazón de Dios. Por esto mismo, Cristo mismo envía el Espíritu para que permanezca en los discípulos y así demos testimonio de amor y unidad (Jn 14,16-17). El Espíritu Santo nos acerca al corazón de Dios Padre, que nos da el coraje y la fuerza para que podamos cumplir la misión de evangelizadores, es decir, para transmitir el fundamento de la vida trinitaria: el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Ser misionero consiste en guiar a los hombres hacia una experiencia personal del amor inconmensurable del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, para dejarse atrapar junto a ellos en la ardiente hoguera de amor manifestado de modo sublime en la Cruz. El amor constituye el ser mismo de Dios: “Ves la Trinidad si ves el amor”, escribió San Agustín.

Con el don del Espíritu se nos asegura una misión profética. La acción mesiánica y profética del Espíritu, desde el Antiguo Testamento, no es sólo realidad presente, sino que es promesa escatológica y don universal. Se anuncia que quien tenga el Espíritu tiene asegurada la fidelidad (Ex 39,29) y que el don del Espíritu es universal, para todo hombre de cualquier raza y condición (Ac 2,23; Ef 1,2).

Acordaos en este día de la Santísima Trinidad de las hermanas de los Monasterios de clausura y dad gracias a Dios por cada una de ellas, porque se han ofrecido a Dios por nosotros, rezan por todos y alaban al Señor siempre; sus rostros los preside una perenne alegría, ellas son el honor de la Iglesia y un torrente de gracias celestiales.

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