Reflexiones semanales
29 de septiembre 2019

Sólo en Dios está nuestra seguridad

XXVI domingo del Tiempo Ordinario

Cuando terminéis de escuchar las lecturas de este domingo, no entréis en juicios, tened un poco de serenidad y pensad en positivo, bastaría con recordar este texto de santa Teresa de Ávila: “Quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta”. Es verdad, sólo el Señor basta, no necesito más. Os voy a comentar una pequeña anécdota de un hombre que me decía, en la visita a las zonas afectadas por las riadas de la última gota fría en Torre Pacheco, que había tenido que tirar todos los muebles y enseres de su casa porque estaban inservibles: “al verlos amontonados en la calle me di cuenta de que había muchas cosas de las que podía prescindir, que almacenamos demasiado”. Fueron unas palabras proféticas que se clavaban en el alma y yo pensé: ¡cuánta razón tiene este hombre! Visitar las zonas afectadas fue la mejor catequesis y mejor lección de humanidad que he podido tener. Allí me enseñaron a leer el Evangelio con la confianza puesta en Dios, porque muchos lo han perdido todo, pero el temporal no ha podido con la esperanza de estas gentes; todo fue un drama, pero se han levantado a darle la cara a la adversidad con firmeza de fe.

Precisamente, en la Palabra de la misa de este domingo, el Señor nos pone en alerta a todos con palabras duras, porque denuncia a todos los que ponen su confianza en las cosas, en el tener más, en los que buscan seguridades efímeras, en los que sólo piensan en sus comodidades, avaricias y lujos y, no conformándose con su incomunicación, se construyen su castillo personal que les bloquea de todos. Los que proceden así son ciegos, ignorantes e incapaces de ver más allá de sus posesiones, se imaginan que esto es su seguridad, su libertad, cuando, en realidad, están encerrados en los castillos de su egoísmo, víctimas de ellos mismos. Los que así actúan no saben lo que es la libertad de la que habla san Pablo: “Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” (2 Co 3,17). Fue el Papa Benedicto XVI, el que nos pidió trabajar la dimensión de la caridad, pero una caridad samaritana, es decir, tener un corazón que ve y siente al hermano. La fe de los cristianos nos ha enseñado a vivir con las puertas de nuestro interior abiertas, saber acercarte al necesitado antes de que te lo pida y ofrecerte con generosidad para servir. Esta es la mejor manera de ser feliz y libre, con un amor humano, fresco, creador, entregado, abierto al otro, elegido personalmente…

Llama poderosamente la atención que del mendigo pobre y desolado de la parábola del Señor que narra san Lucas sepamos su nombre, Lázaro, mientras que el otro personaje, aparentemente sin problemas en la vida, no se le reconozca nada, ni el nombre, el evangelista lo deja en el anonimato. Nos podemos preguntar si quizás no estará indicando el absoluto olvido que les espera a los que sufren la terrible suerte de la condenación eterna. La parábola no pretende condenar a uno por ser rico y salvar al otro por mendigo, sino que la condenación le cae al que se ha olvidado de Dios, ha vivido inmerso en el materialismo y en un total egoísmo, en el que no tiene caridad, ni muestra misericordia, en el que cerró los oídos a Cristo y no dio muestras de arrepentimiento. Luego, se presenta la solución para los que pueden estar en el peligro, para que escuchen la Palabra, ya que quien no acepta la Palabra de Dios, tampoco será atraído a la fe por los milagros.

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