Reflexiones semanales
25 de julio 2021

Solemnidad de Santiago Apóstol

XVII domingo del Tiempo Ordinario

Esta solemnidad del Apóstol Santiago, patrono de España, nos une a todos los cristianos en torno al Apóstol que fue el primero en beber el cáliz del Señor, entregando su vida por la causa de Nuestro Señor Jesucristo. Santiago es un testimonio vivo de la tarea evangelizadora que no se lleva a cabo solo con la palabra, sino también con la ofrenda de la propia vida. La mirada de muchos peregrinos del mundo está puesta en Galicia, hacia Santiago de Compostela, donde se van a dirigir muchísimas personas al encuentro de Nuestro Señor de la mano de este intrépido Apóstol que gastó su vida predicando el Evangelio de Jesucristo. Lo que la Iglesia española nos pide es que «pidamos por su intercesión que España se mantenga fiel a Cristo hasta el final de los tiempos», como dice la oración. Una petición muy necesaria hoy día, cuando la fe y los valores cristianos están tan en crisis en nuestra sociedad.

Por el testimonio y predicación de este Apóstol aprendemos a valorar lo que es esencial para todo cristiano y que los discípulos aprendieron de Jesús, que lo primero que hay que tener en cuenta es hacer la voluntad del Padre. Un testigo de la Buena Noticia sabe que, aunque la vida te seduce con muchas oportunidades y caminos de todo tipo, tiene que saber mantenerse como amigo de Dios siempre y con una gran firmeza de fe, vengan los vientos de donde vengan y, aunque te cueste la vida, mantenerte en la obediencia a Dios antes que a los hombres. La tarea evangelizadora no fue para ninguno de los Apóstoles un camino de éxitos humanos, pero ha sido la mejor escuela que tenemos, para darnos cuenta de la grandeza de este ministerio, para valorar más a los discípulos del Señor, que no se acobardaron, ni se echaron para atrás ante las dificultades. Hagamos un alto para escuchar las palabras de san Pablo a los presbíteros en Mileto, que son sobrecogedoras, porque les abre el corazón y les enseña a entregarse a la misión recibida con el coraje del Espíritu, les ayuda a entender cómo debe ser el estilo y a saber mantenerse firmes en la fe y en la misión. Este es su testimonio: «Vosotros habéis comprobado cómo he procedido con vosotros todo el tiempo que he estado aquí, (…), sirviendo al Señor con toda humildad, con lágrimas y en medio de las pruebas que me sobrevinieron (…); cómo no he omitido por miedo nada de cuanto os pudiera aprovechar, predicando y enseñando en público y en privado, dando solemne testimonio tanto a judíos como a griegos, para que se convirtieran a Dios y creyeran en Nuestro Señor Jesús» (Hch 20,18-21).

El Apóstol Santiago estaba entregado a la misma misión, con la misma fortaleza que todos los testigos de la muerte y resurrección de Cristo, se lanzó al mundo con la fuerza del Espíritu para predicar el Evangelio y vivió con seriedad y radicalidad el servicio que le pidió el Señor. Santiago fue un siervo del Evangelio de palabra y con obras, tal como hemos escuchado en la primera lectura, «creí y por eso hablé» (2Co 4,13). Su predicación, no solo era importante porque estaba anunciando el kerygma, sino porque a sus palabras le acompañaba su testimonio de vida, por eso su mensaje era creíble, eficaz, llevaba la experiencia vivida, su sangre derramada en las tribulaciones por las que fue pasando y que le fueron acercando más al Señor, siendo uno con Él, cosido a Él, hasta el martirio.

Que no falten hoy nuestras oraciones por España, por nuestras autoridades y por todo el pueblo fiel y, en especial, por los que se han puesto en camino, por los peregrinos a Santiago, los que van buscando respuestas a sus preguntas. Dios siempre responde.

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