Reflexiones semanales
18 de noviembre 2018

Quien se refugia en el Señor se salva

domingo del Tiempo Ordinario

Cerca ya del final del año litúrgico, en las lecturas de la Palabra de Dios se hace referencia a los temas de los “últimos tiempos” y, aunque todavía no han llegado de un modo total, sí que se nota que una vida sin Dios no va a ningún sitio, es más, el que ha despedido a Dios de su corazón entra irremediablemente en el desconsuelo de la soledad y del fracaso, a sentir el frío hielo de un mundo caduco, que le marca a fuego las señales de la muerte y le despiertan el miedo al futuro.

A una persona que ha encontrado al Señor y le sigue a corazón abierto con una firme decisión personal de querer permanecer en la fe, esta le lleva a tener confianza en la lucha de cada día, porque se sabe apoyado y defendido en Dios y Él es el que le mantiene vivo en la esperanza. La primera lectura de este domingo nos habla de esto y nos anima a agarrarnos siempre a Dios, acercarnos a Él con todas nuestras fuerzas para no temer a la muerte, al sinsentido y a la nada. La muerte para un creyente es como un sueño abierto a un despertar y el que está refugiado en el Señor se salva, como se lee en el salmo 15, porque Dios es la alegría del corazón y nos enseña el camino de la vida.

La esperanza es la virtud que nos mueve a permanecer en el camino de la vida, en Dios; la esperanza es la que nos mantiene en la tensión de la promesa de la vida eterna, pero al mismo tiempo nos exige estar en vigilancia, alejados del pecado. Es hora de tomar decisiones en serio, de hacer un alto en el camino y pensar en el valor de la vida con Dios. Por otra parte, hay que pisar tierra para enfrentarse a los afanes de este mundo, que prometen felicidad, pero nunca se alcanzan, porque lo que te promete el mundo no es otra cosa que de lo que nos advertía la antigua sabiduría griega en el mito de Sísifo: que cuando piensas que has llegado a la cima de tu felicidad te hundes, para tener que volver de nuevo al comienzo. San Marcos insiste en la esperanza que nos ofrece Jesucristo, que quiere hacer comprender a los discípulos que el misterio pascual, ahora presente, será el comienzo de la fase final de los tiempos e invita a sus discípulos a vigilar, a abrir bien los ojos para interpretar todos los acontecimientos para poder reconocer su venida definitiva y gloriosa. El Hijo del Hombre, al que hace referencia San Marcos, es Jesús de Nazaret, el que fue condenado a morir en la cruz y resucitó al tercer día. Un cristiano no puede olvidar que la cruz estará presente en su vida, como lo estuvo en la vida de Cristo, por eso debe aceptarla con la misma generosidad que Él y tener el coraje para tomar partido por el Señor, definirse con claridad como discípulo de Cristo para vencer toda tentación de avergonzarse de Él y de su Palabra.

Junto al tema de la esperanza, que se desarrolla continuamente como centro de nuestra contemplación, está también la llamada a estar preparados, alejados del pecado y cargados de buenas obras, es decir, lo que se nos está pidiendo es que nos mantengamos firmes en la fe y viviendo la caridad, porque el Señor está a la puerta y llama. Somos herederos de una promesa de vida eterna, de una alegría que no tiene fin, aunque tengamos que cargar todos los días con la cruz sobre los hombros, pero no tenemos miedo, porque conocemos la victoria de Cristo y Él nos lleva a la luz.

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