Reflexiones semanales
23 de septiembre 2018

Quien quiera ser el primero, que sea el servidor de todos

XXV domingo del Tiempo Ordinario

¡Feliz domingo! Este es un buen saludo entre los cristianos, porque nos hace recordar que estamos en el día del Señor, porque "el domingo es ante todo una fiesta pascual, iluminada totalmente por la gloria de Cristo resucitado", decía San Juan Pablo II en la Carta Apostólica Dies Domini. La Iglesia nos invita a cantar ¡aleluya! por la victoria de Cristo sobre la muerte, por el regalo de la vida eterna que nos hace el Señor, aunque también nos hace caer en la cuenta de la urgente necesidad de cuidar a los pobres, como le indicaron los apóstoles -Pedro, Santiago y Juan, las "columnas" de la Iglesia- a Pablo en su primera visita a Jerusalén. El apóstol de las gentes recuerda muy bien lo que le dijeron: "solo nos pidieron que nos acordáramos de los pobres, lo cual he procurado cumplir" (Gal 2,10). ¿No les parece que este texto es electrizante?, ¿no es una palabra que llega muy hondo del corazón?, solo le indicaron que no se olvidara de los pobres. Pedro y los otros discípulos le enseñan cual es el capítulo esencial en la actividad misionera de la Iglesia, el estilo que han aprendido de Cristo. Predicación y caridad van siempre unidas.

Entender el ministerio de servicio es la clave fundamental para ser discípulo del Señor, pero en el texto del Evangelio de esta semana se ve que los discípulos iban por otro camino. A Jesús no se le pasa el detalle, se ha dado cuenta de los criterios que mueven a sus discípulos y les corrige con delicadeza, pero les corrige, porque a ellos les va a encomendar una misión muy delicada. En estas circunstancias, les pregunta directamente que de qué estaban discutiendo por el camino y luego les da la primera catequesis: el que quiera ser muy importante entre vosotros, que sea el servidor de todos, el que se entregue a la causa de los demás, que se olvide de las dignidades, de los primeros puestos, de buscar significarse, que si quieren saber qué puesto han de buscar, que sepan que es el último puesto. Naturalmente que es cuestión de criterios, pero estos son los criterios de Dios. Vean la diferencia que existe en el modo de pensar de los “impíos” (como dice la primera lectura) y el de los justos, son diametralmente opuestos. Los impíos, en el libro de la Sabiduría, son los amigos de la muerte, sus vidas están asentadas en sí mismos, en sus placeres y sus programas son gozar la vida sin escrúpulos, sin consideración alguna hacia nadie; así que, a los impíos les estorba el justo y piensan que hay que eliminarle, porque la vida del justo les delata a ellos y a todo lo que hacen.

La lectura de la carta de Santiago tiene una fuerza de realidad muy grande, porque llama a las cosas por su nombre, viene a decir que la verdadera fe se nota por las obras y el apóstol se permite denunciar a los falsos maestros, cuyas palabras y consejos no edifican a nadie, sino que crean división entre la gente, favorecen los personalismos y las rivalidades, la envidia y la ambición, el desorden y toda clase de maldad… cosas que perjudican severamente a la comunidad. Santiago pide una conversión seria de vida y que los cristianos nos dejemos llevar de la “sabiduría que viene de lo alto” y nos exhorta a acoger estos dones de Dios: ser pacíficos, tolerantes, conciliadores, compasivos… y resume, que “los que promueven la paz van sembrando en paz el fruto que conduce a la salvación”. El signo que les da Jesús a sus discípulos: hacerse como niños, es válido para todos nosotros.

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