Reflexiones semanales
12 de febrero 2017

Pues, ahora yo os digo

VI domingo del Tiempo Ordinario

Durante este tiempo estamos repasando una y otra vez la importancia vital de saber acertar en hacer la voluntad de Dios, aunque nos sintamos presionados desde muchos frentes, para que nos alejemos de ella. Nadie nos ofrece razones, sino la de que nos bastamos a nosotros mismos. Claro que esto no es lo que escuchamos en la Palabra, prestemos atención: “Dichoso el que con vida intachable camina en la voluntad del Señor; dichoso el que guardando sus preceptos lo busca de todo corazón” (Salmo 118, 1-3). En principio, ya es sospechoso el interés mundano de querer apartarnos de la ley de Dios, que nos está llamando a vivir de acuerdo con los mandamientos, que nos propone para que los cumplamos haciendo buen uso de nuestra libertad. Dios nos garantiza la libertad, ¿hay alguien que no la valore? A los cristianos nos han enseñado que la libertad es un don precioso y grande de Dios, un gran regalo que está en el fondo de todo obrar moral, que hasta nos permite obedecer o rechazar sus mandatos. En la primera lectura de este domingo, está muy claro: “Si quieres, guardarás sus mandatos, porque es prudencia cumplir su voluntad…” y va concretando hasta en los más pequeños detalles cuando especifica que el hombre puede, en su libre albedrío, elegir el fuego o el agua, puede obedecer o rechazar el proyecto de Dios, pero la insistencia en mantenerse en fidelidad es la clave del éxito. Con la fidelidad a la libertad de los hijos de Dios, que han elegido dejarse llevar por la Palabra y por la fuerza del Espíritu Santo, se llega lejos, mar adentro y ellos serán los constructores de la paz, testigos de la Luz.

Dios quiere que seamos un pueblo libre, Él no incita a nadie al pecado, porque sería negarse a sí mismo, nos quiere libres para amar, por eso, en Cristo nos entrega una nueva ley, que estará escrita en el corazón. Así podemos interpretar sus palabras, en la fórmula que escucharemos en el Evangelio de este domingo: “Habéis oído que se dijo a los antiguos… Pero yo os digo…”, que la intención de Jesús es llevar a la perfección el ideal moral del Antiguo Testamento; vamos, que lo que nos pide es que seamos mejores, para eso nos está abriendo otros caminos para la santidad, que son caminos de perfección. No quiere decir que lo que se nos dijo sea falso, por ejemplo, eso de no matarás. Este mandamiento no es falso, hay que cumplirlo, pero la perfección exige que hilemos fino, no se está refiriendo sólo al hecho de quitarle la vida a alguien, sino de no quitársela dentro de tu corazón, de no matar a nadie dentro de tu corazón. La necesidad de reformar hasta nuestras intenciones, todo el rescoldo perverso que nace en nuestro corazón y te lleva al odio, la envidia, los juicios, a mirar mal y desear lo malo. Esto hay que reformarlo también.

Cristo nos pide que afinemos para proteger el corazón, que esto es más importante de lo que parece. Por lo que hemos escuchado en el Evangelio, esta es la novedad que aporta Jesús, el cambio del interior, vigilar nuestro ser profundo, los afectos, sentimientos y deseos... Pero para esto es necesario seguir cerca de Nuestro Señor, escucharle, oír su voz y hacer su voluntad. Su gracia nos purifica. Este es el momento de hacer silencio para que resuenen con claridad sus palabras dentro del corazón: “Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes y lo seguiré puntualmente; enséñame a cumplir tu voluntad y a guardarla de todo corazón”.

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