Reflexiones semanales
17 de marzo 2019

Nuestra fortaleza está en Cristo

II domingo de Cuaresma

Me parece interesante comenzar nuestra reflexión sobre la Palabra de Dios de esta semana deteniéndonos en la lectura de San Pablo a los Filipenses, porque nos aporta mucha luz a los cristianos del siglo XXI. El apóstol advierte a los creyentes de los enemigos de la Cruz de Cristo, porque sus aspiraciones e intereses no son los de Dios, están muy lejos de Él, lo cual ya es determinante para no seguirles, pero las seducciones son muchas y fácilmente te pueden embaucar con una vida de despropósitos, de tinieblas y de mentiras. La seducción es tanta, que muchos se dejan llevar, porque temen perder sus comodidades y sus placeres, vamos, que no están dispuestos a “complicarse la vida” por nadie y por nada. Los que así piensan han cerrado la persiana y no dejan entrar en su interior a nadie, practican la flojera, la vida egoísta y el vacío. El Papa Francisco comenta este fenómeno y dice que se trata “de una actitud autodestructiva porque el hombre no puede vivir sin esperanza: su vida, condenada a la insignificancia, se volvería insoportable” (EG, 275).

San Pablo quiere que los cristianos no caigan en esa trampa de vivir lejos de Dios y decide ayudarles para que descubran cercano al Señor del universo y de la vida, al que ha vencido al pecado y a la muerte. Por esta razón, se entregó san Pablo a la evangelización, para que todos tengan la seguridad de que en él no hay otra razón más grande para encontrar el sentido a la vida y del propio ser, que la de Cristo, y este crucificado y por esto, él lo vivió como estilo y motor de su actividad, a él le apremiaba el amor de Cristo (cf. 2 Co 5,14). “Cristo resucitado y glorioso”, dice el Papa Francisco, “es la fuente profunda de nuestra esperanza, y no nos faltará su ayuda para cumplir la misión que nos encomienda" (EG, 275).

Ya vimos el domingo pasado el estilo de Jesús, dirigirse al Padre en la profundidad de la oración, pues esta es la lección, orar sin desanimarse. ¿No crees que sería bueno replantearte cómo vives tu vida cristiana de una vez, cómo es tu oración, o si te detienes a escuchar la Palabra de Dios? Es importante aprender a cuidar el estilo fervoroso y el coraje evangelizador. Así nos lo recuerda el Papa Francisco: “cuando un evangelizador sale de la oración, el corazón se le ha vuelto más generoso, se ha liberado de la conciencia aislada y está deseoso de hacer el bien y de compartir la vida con los demás (EG,282). En la Cuaresma, vestidos de saco y con la ceniza sobre nuestras cabezas, debemos gritar a todos, para ser oídos, para que todo el mundo se acerque a Dios, sí, al Señor de la vida, porque solo Él tiene en abundancia lo que el hombre ha perdido y busca desesperadamente: la seguridad, la confianza… Nos llena de profunda serenidad cuando leemos los textos sagrados y observamos que cuando Dios se ha acercado al hombre, siempre le invita a la confianza, “no temas”; la tormenta en el mar de Galilea llevó a los discípulos a recurrir angustiados al Señor y pedirle que les salvara, que iban a perecer… y Jesús les contestó: “¿de qué teméis, hombres de poca fe?”. Otra ocasión más para comprobar que si están con Jesús no deben temer nada.

El Señor es nuestra luz y nuestra salvación, no podemos dejar de acudir a Él. Que Dios os bendiga.

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