Reflexiones semanales
20 de noviembre 2016

El nombre de Cristo resuene hasta en los confines de la tierra

Cristo Rey

La Iglesia nos invita a contemplar en la liturgia de este domingo a nuestro Salvador y Redentor, a Cristo, como el horizonte de nuestras esperanzas y vida. Hagamos memoria de la escucha de la Palabra de Dios durante este año, recordemos todo lo vivido en este Año Jubilar de la Misericordia, para darnos cuenta de las oportunidades que nos ha regalado Dios, de su perdón, amor y salvación. ¿Quién ha sido nuestra seguridad? ¿Quién ha caminado junto a nosotros tanto en las horas bajas como en las alegrías? ¿Quién nos ha librado de todos los peligros? ¿Quién nos ha invitado a su mesa, nos ha lavado los pies, nos ha explicado las Escrituras y nos ha salvado de todas las angustias? Como un guerrero o esposo, maestro o amigo y compañero de viaje… Cristo ha estado siempre cercano, señalándonos la puerta angosta de la santidad, de la resurrección y de la vida. Así es la realeza de Jesucristo.

Leed los relatos de la Pasión que nos ofrecen los Evangelios, para comprender este título, es necesario que lo hagamos para poder entender la clave esencial de la misión de Cristo. Veréis cómo Pilato le pregunta abiertamente: “¿Eres tú el rey de los judíos? (…) Respondió Jesús: Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos; pero mi Reino no es de aquí” (Jn 18,53ss). Dios plantea las cosas de una manera diferente a como lo hacen los hombres, su fuerza es el amor, un amor entregado, redentor. Así es la realeza de Jesucristo. Al momento te das cuenta de cuales son los criterios que pide Nuestro Señor a sus seguidores, porque sobresalen con un lenguaje explícito, tal como ha vivido Cristo: se premia la modestia y la humildad. Así lo entendió San Pablo y así se lo enseñó a los de Tesalónica, éste es el ejemplo del modo de proceder del cristiano: “Os tratamos con delicadeza, como una madre cuida de sus hijos. Os teníamos tanto cariño que deseábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas” (1 Tes 2, 7-8).

Os propongo un texto de una homilía del Beato Papa, Pablo VI, que nos ayudará a entender la dirección y el sentido de nuestro predicar a Cristo, Rey del Universo. Esta homilía la pronunció en Manila el 29 de noviembre de 1970: “Este es Jesucristo, de quien ya habéis oído hablar, al cual muchos de vosotros ya pertenecéis, por vuestra condición de cristianos. A vosotros, pues, cristianos os repito su nombre, a todos lo anuncio: Cristo Jesús es el principio y el fin, el alfa y la omega, el rey del nuevo mundo, la arcana y suprema razón de la historia humana y de nuestro destino; él es el mediador, a la manera de puente entre la tierra y el cielo; él es el Hijo del hombre por antonomasia, porque es el Hijo de Dios, eterno, infinito, y el Hijo de María, bendita entre todas las mujeres, su madre según la carne; nuestra madre por la comunión con el Espíritu del cuerpo místico. ¡Jesucristo! Recordadlo: él es el objeto perenne de nuestra predicación; nuestro anhelo es que su nombre resuene hasta los confines de la tierra por los siglos de los siglos”.

Celebrad este día con solemnidad, pero no olvidéis que sin humildad y espíritu de servicio no es posible la caridad ni la santidad.

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