Reflexiones semanales
25 de noviembre 2018

Mi Reino no es de este mundo

Cristo Rey

Con la solemnidad de Cristo Rey se cierra el año litúrgico, que hemos celebrado de la mano del evangelista San Marcos. Recordad que al comienzo este Evangelio se abría con una afirmación contundente y cargada de sentido: “Comienzo del Evangelio de Jesucristo, el Hijo de Dios”. San Marcos nos ha anunciado a Jesucristo, la Buena Nueva es el mismo Jesús, que ha entrado en nuestro mundo trayendo la grandeza y la novedad de Dios, su amor misericordioso. San Marcos nos ha presentado durante todo este año, en las lecturas del Evangelio semanal, el cumplimiento de la promesa de Dios hecha desde antiguo: Jesucristo es el Mesías esperado, que se ha hecho uno de nosotros, que ha vivido con humildad como estilo de vida, que ha predicado el amor de Dios y que ha aceptado la Cruz para la redención de la humanidad.

Jesucristo es Rey del Universo desde lo alto de la Cruz y caminando con nosotros día a día para enseñarnos cómo es el corazón de Dios y qué nos pide. En el Evangelio de San Marcos hemos podido ver cómo le ha llamado a Jesús abiertamente, Hijo de Dios, pero no lo presenta como una persona de la realeza humana, con poder y grandezas, no, sino que la condición real de Cristo tiene otro sentido: va en la línea de la pobreza, la humildad, el silencio, ser uno del pueblo, el sufrimiento y la cruz. Claramente se ve cómo San Marcos lo ha identificado como el Siervo de Yahveh, que se ha entregado por nosotros y por nuestra salvación, el que ha venido como Buena Noticia esperada y a la vez sorprendente, porque nuestro rescate de las garras de la muerte lo ha hecho muriendo Él y venciendo a la muerte con su Resurrección. Esta es la clave esencial para poder entenderle: su victoria sobre la muerte y el amplio campo a la esperanza que nos ha abierto. Jesús es el Mesías solidario, cercano y a la vez es nuestro Señor y Salvador.

Jesucristo es el Rey justo, que vela, promueve y defiende la justicia y la misericordia, nos pide que nos alejemos de la venganza y de las mentiras, porque Él es la Verdad; es un rey que no ha venido a ser servido, sino a servir, a acoger a los descartados de todas las periferias existenciales para que sientan el calor de su corazón y puedan recuperar la dignidad de la condición de hijos. Nuestro Señor nos ha pedido que nos fijemos en Él, que es manso, humilde de corazón y fiel obediente a la voluntad del Padre. El Señor ha reinado en nuestra vida vestido de majestad: ha salido siempre a nuestro encuentro; ha estado junto a nosotros en los momentos de peligro; nos ha invitado a su mesa, lavándonos los pies y nos ha dado la oportunidad de vivir el espíritu de Emaús, porque hemos caminado junto a Él al atardecer y nos ha explicado las Escrituras… Cristo ha estado siempre cerca señalando la puerta angosta de la santidad y de la vida. Así es la realeza de Jesucristo.

El apóstol San Pablo nos explica muy bien, en la Carta a los Filipenses, cómo es la realeza de Cristo: "el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de Sí mismo tomando la condición de siervo y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a Sí mismo, obedeciendo hasta la muerte" (Flp 2, 6-8).

Feliz día del Señor.

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