Reflexiones semanales
3 de febrero 2019

Mi boca anunciará tu salvación

IV domingo del Tiempo Ordinario

El Evangelio de esta semana tiene hiperrealismo, sí, cuenta las cosas desde la verdad, con sencillez, pero ya veis... En la sinagoga de Nazaret todo comienza con parabienes, la gente se quedaba admirada, boquiabierta, por las palabras de gracia que salían de los labios de Jesús, pero a los asistentes les costó aceptar la Verdad, que anunciaba: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír...”. Se sobresaltaron entonces y no quisieron oír más la voz de Dios, ni aceptar la misión salvadora que les presentó el Señor y pretendieron arrojarlo por el barranco de su pueblo. Desde luego que no tuvieron contemplaciones, ya que quisieron arreglar las cosas a su manera, con la violencia. El evangelista San Lucas terminó el relato resaltando la personalidad de Jesús, que les dijo mucho en pocas palabras: se ha acabado la espera, hoy es ya tiempo mesiánico, hoy es tiempo de salvación. ¿De dónde les viene el escándalo?, ¿por qué se enfurecen?... Así concluyó San Lucas: “Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba”.

En la sinagoga de Nazaret encendió Dios la Luz de su existencia, tuvo lugar la presentación del Salvador, el Hijo amado, al que hay que escuchar. Allí se vio la fuerza de Jesús, el ungido por el Espíritu Santo, que es capaz de transformar día a día nuestra existencia haciéndonos partícipes de su gracia, como hombres nuevos: llenos de fe, cargados de paz en el corazón, de confianza, alegría, libertad interior; con fuerza para perdonar y el coraje para testimoniarle; llamados a descubrir al otro como un hermano a quien amar. Pero las intransigencias y fanatismos de sus paisanos sacan a la luz las dificultades que acarrean la falta de fe y confianza en Dios. Las respuestas de Jesús fueron serenas, no se dejó llevar de las ironías de sus vecinos, les enseñó que Dios no se inmuta ante la insolencia, que no le afecta la presión (personal, social o mediática), ni las insolencias de los poderosos; guarda silencio, siempre está en su sitio; es la Verdad, la Vida y realiza su voluntad... Sólo les invita a escuchar, a la confianza, como lo hizo con sus discípulos, cuando le gritaron temerosos al ver que se hundía la barca bajo las olas del mar furioso.

Nosotros tendríamos que actualizar en nuestra vida lo que Jesús les dijo a sus paisanos, confiar, fiarse de Dios y no echarle en el olvido, para que no nos tenga que decir de nuevo: “¿Por qué tenéis miedo, gente de poca fe?” (Mt 8,26). Necesitamos a Dios para construir un mundo nuevo, si nos olvidamos de Él el resultado de “nuestro mundo” será raquítico y a expensas de los demás, particularmente de los más pequeños y de los débiles. El salmista lo proclama: “El hombre que no ha puesto en Dios su fortaleza... medita el crimen sin cesar” (Sal 52).

Los cristianos debemos saber situarnos en este mundo, hablando con claridad de nuestra fe, sin privilegios, pero con el derecho de vivir con un estilo diferente, el que nace del Evangelio. Nuestro sitio no está en la sacristía, con las puertas bien cerradas, por miedo al qué dirán; nuestro sitio está en la plaza pública, en la sociedad, en los areópagos modernos; dando razón, a los que pregunten, de la esperanza que nos caracteriza (1 Pe 3,15). Explica a todos el sentido de tu vida, sin cobardías, te necesitan, aunque se burlen.

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