Reflexiones semanales
9 de febrero 2020

Manos Unidas nos muestra las hipocresías de una sociedad que tiene las despensas llenas, pero el corazón vacío

V domingo del Tiempo Ordinario

La Palabra de Dios de esta semana no podía comenzar de una manera más acertada para iluminar nuestras vidas, puesto que nos dice que compartamos. Compartir es una forma verbal de una gran actualidad, puesto que estamos celebrando el día de Manos Unidas y ya se sabe que se trata de la campaña contra el hambre en el mundo. Pero Isaías va más allá de compartir el pan, de albergar al que no tiene techo o de vestir al desnudo, porque la conclusión es no desentenderte de los semejantes. A partir de este momento comenzarás a vivir un estilo de vida nuevo, intenso, sorprendente, porque sólo entonces, dice el profeta, brillará tu luz, tus heridas sanarán, y tu recto proceder hará que donde tú estés brille la gloria del Señor. Bueno, en realidad, el profeta le está hablando al pueblo de Israel que acaba de ser liberado de la esclavitud y la repatriación le estaba costando. Pero les está señalando el camino, por esa senda se camina.

Aquellos consejos siguen siendo tan válidos para su pueblo como para cualquier persona de hoy, sí, para cualquiera de nuestro tiempo, bastaría con tener en cuenta las indicaciones que nos sugiere: una, olvidarse de la deslealtad, alejarse de la falsedad y de practicar un culto falso e hipócrita, como diciéndose que “Dios no se entera”. En segundo lugar, como actitudes necesarias, se propone algo tan sencillo como las obras de justicia, de misericordia y de compasión, porque sólo aquellas personas que llegan a reconocer la grandeza y dignidad del prójimo, de defender sus derechos contra todo tipo de injusticia, podrán ver la luz de Dios.

La sabiduría del mundo es muy distinta a la de Dios, por eso se explican muchas cosas. Me imagino que todos conocerán la anécdota del periodista que le dice a la santa Madre Teresa de Calcuta que él no haría las curas de un moribundo muy deformado por las brutales heridas, fruto del abandono, ni por un millón de dólares. Lo asombroso fue la respuesta de aquella monjita que trataba con tanto cariño a aquella persona. Su respuesta fue: “Yo, tampoco”, para seguir diciéndole al momento, que lo hace por Cristo, que el amor que pone es por Cristo al que ve en esa persona. Precisamente, este es el tercer punto a tener en cuenta, que una persona creyente debe tener en el centro de su vida a Jesucristo, y éste crucificado. Hay que ser sencillos, humildes, acogedores, porque si no lo hacéis así será imposible daros a los demás, servir con naturalidad.

En el Evangelio de san Mateo se nos hace descubrir el por qué, la importancia de ser auténticos y cumplir las tareas para las que hemos sido enviados por el Señor. Ya sabemos lo compleja que es la vida, los gritos y lamentos de mucha gente con la que convivimos. La campaña de Manos Unidas abre nuestros ojos para tomar conciencia de los que viven al día, de los que no tienen nada, de los privados de bienes y de dignidad, con hambre de pan y de amor. Esta campaña nos muestra las hipocresías de una sociedad que tiene las despensas llenas, pero el corazón vacío; gente incapaz de ayudar, aunque no se olviden de los rezos, los ayunos e inciensos. Dios no nos pide que sepamos poner caras, sino que nos llama a ser verdaderos, limpios de mirada y centrados en Cristo, para salir al encuentro de quien nos necesita con la verdad por delante. El amor crucificado es la clave del triunfo.

Feliz domingo.

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