Reflexiones semanales
30 de septiembre 2018

Los mandamientos del Señor alegran el corazón

XXVI domingo del Tiempo Ordinario

El salmo que se proclama esta semana en la Palabra del Señor es un canto a la grandeza de Dios, porque nos conduce a un conocimiento más hondo y más grande de su corazón. Es una hermosa alabanza dedicada al espectáculo de la creación del cielo y de la tierra, que es como un libro abierto donde se leen con claridad los mandamientos del Señor, que alegran el corazón, que dan luz a los ojos de la mente y que son descanso del alma. Creo que escuchar esta palabra nos vendrá bien, porque en el medio ambiente donde vivimos hay demasiados nubarrones que nos impiden ver con claridad. En el fondo, somos nosotros los culpables de esto, porque le hemos dado la espalda a Dios, le hemos cerrado la puerta de nuestra posada y no le hemos permitido entrar, así que el horizonte que ven nuestros ojos está nublado y, a veces, demasiado negro. Son muchas las oscuridades que nos rodean, porque muchos son nuestros pecados a los que les hemos abierto la puerta de par en par y esto no trae ni paz, ni descanso. ¡Cuánto sufrimiento y cuánto dolor siembran nuestros pecados!

Los preceptos del Señor instruyen a los ignorantes, sigue diciendo el salmista, por esto la esperanza de salir del mundo de las sombras es posible y ver la luz de Dios será un hecho. Si escuchamos de nuevo la primera lectura de este domingo podremos comprobar hasta dónde llega el poder de Dios, que repartió el don del espíritu de Moisés sobre los setenta ancianos, cosa que alegró sinceramente a Moisés. Este acontecimiento es un anuncio profético de la efusión del Espíritu Santo sobre los discípulos de Jesús en Pentecostés. Recordad el himno de esa solemnidad: Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre, don en tus dones espléndido, luz que penetra las almas, fuente del mayor consuelo”. La acción mesiánica y profética del Espíritu, desde el Antiguo Testamento, no es sólo realidad presente, sino que es promesa escatológica y don universal. Esta promesa se anuncia en Isaías para el Siervo de Yahveh: “Reposará sobre él el Espíritu de Yahveh, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Dios (Is 11,2). Se anuncia que quien tenga el Espíritu tiene asegurada la fidelidad (Ex 39,29) y que el don del Espíritu es universal, para todo hombre de cualquier raza y condición (Ac 2,23; Ef 1,2).

El texto del Evangelio es impresionante, precisamente porque tiene una gran actualidad. Quien lo escuche no podrá quedarse sin entrar en el dolor que embarga hoy a la Iglesia a causa de los pecados de abusos, que tanto nos escandalizan y tanto sufrimiento están sembrando. La Palabra es fuerte, porque habla directamente y sin rodeos, que es preferible morir antes que escandalizar a los hermanos, especialmente a los más débiles. La necesidad de la conversión es una tarea urgente. Las apariencias, las caretas, el engañar queriendo manifestar lo que no somos en realidad es un pecado y hay que pedir perdón con el firme propósito de cambiar. Que obras son amores, que obras quiere el Señor, obras de justicia, de rectitud, obras de caridad, con la verdad por delante, haciendo siempre el bien. Este es el consejo de Santa Teresa de Ávila: dos cosas nos pide el Señor: “amor de su majestad y del prójimo”; “la más cierta señal que, a mi parecer, hay de si guardamos estas dos cosas, es guardando bien la del amor del prójimo; y estad ciertas que mientras más en éste os viereis aprovechadas, más lo estáis en el amor de Dios” (5 moradas 3,7.8.).

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