Reflexiones semanales
2 de julio 2017

La vida es servicio de amor

XIV domingo del Tiempo Ordinario

Después de escuchar atentamente la Palabra de Dios uno saca la conclusión de que el campo de acción de un creyente está siempre abierto y, necesariamente, en dos direcciones: una hacia Dios y la otra hacia los demás. En las dos vías debe estar presente el amor, el servicio y la caridad, porque el amor a Dios te lleva a cuidar de los hermanos con una atención solidaria. El discípulo está llamado a servir siempre, porque su modelo original es Cristo, por lo que tiene que ser una persona de fe, con los mismos sentimientos que nos ha enseñado el Señor y con la firme decisión de entregar la vida, de gastarse y desgastarse por los demás. Las lecturas de esta semana apuntan al estilo del discípulo, que tiene experiencia en el conocimiento de Cristo y esa buena relación le lleva a ser ponderado, a mantenerse en lo esencial y alejarse de las preocupaciones inútiles o superficiales para poner toda la atención en la voluntad de Dios.

De manera explícita nos dice el Señor que el corazón de un creyente es grande, porque sabe acoger a Dios y a los hermanos al mismo tiempo sin hacer esfuerzos extraordinarios. La misma fe y confianza en Dios te lleva a eso con un amor humilde y servicial. Prestad atención a las palabras del Papa Francisco, a la constante llamada que nos está haciendo a todos a quitarnos las caretas y dejar atrás las imágenes falsas o superficiales que solemos ponernos para no comprometernos en la aventura del amor. El Papa nos pide abrir el corazón a todos, a los alejados, a los pobres, inmigrantes, refugiados y perseguidos; al extraño o al cercano, a los más jóvenes y a los ancianos, a los enfermos y excluidos… como lo hace Nuestro Señor. Tenemos que ser los primeros en abrir el corazón a un amor que crece. El otro no es una persona de la que nos tengamos que defender, sino que es el mismo Cristo al que acogemos, pero si hubiera que defenderse de alguien sería de nosotros mismos, de nuestros miedos y temores que nos paralizan y nos aíslan de las enseñanzas del Señor, porque nos urge el desplegar las banderas de la generosidad y de la ayuda a los demás, para que todo el mundo sepa dónde hay un cristiano y por quién está haciendo bien las cosas.

La razón de la vida entregada a la caridad y a los demás está en estas palabras: “El que acoge a este en mi nombre, a mí me acoge; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado” (Pc 9,48). El lenguaje que se utiliza en este texto del evangelio de San Mateo es exigente y duro, nada de “paños calientes”, el estilo es radical y profético. El domingo pasado se nos pedía evangelizar sin miedos, incluso arriesgando la propia vida, pero en esta semana se nos piden las obras, el testimonio, con las mismas exigencias, sin temor a entregar la vida por ayudar a los necesitados. Naturalmente que todo esto será imposible vivir si no es porque estamos entregados al Señor con una fe auténtica y verdadera, entregados de verdad, lejos de las apariencias, lejos de intereses personales o de los dañinos egoísmos, lejos de las comodidades, de las pasiones de los sentidos. Un cristiano pisa tierra, está en un mundo real y sabe que lo que pide Dios es que sea transparente en la fe, que su adhesión a Cristo sea radical, que su amor sea totalizante, superior a cualquier otro amor. El discípulo ha entregado la vida a Cristo y lo ha dejado todo por Cristo y éste crucificado. Rezad por los sacerdotes.

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