Reflexiones semanales
14 de marzo 2021

La misericordia entrañable de Dios

III domingo de Cuaresma

Conforme avanzamos en la Cuaresma vamos descubriendo la necesidad de acercarnos más al corazón de Dios, porque lo sentimos cercano y misericordioso. En realidad, es su mismo amor el que nos atrae como un imán, porque la acción de Dios es salvadora, tanto, que nos atrae, nos empuja la bondad de Dios a la maravillosa historia de salvación que ha planteado para cada uno de nosotros. Si hemos tenido la suerte de hacer un alto en el camino, de guardar silencio para oír bien la voz de Dios sentiremos que le necesitamos, que nos urge tenerlo cerca, ir hacia Él, sacar fuerza de nuestra debilidad para decirnos a nosotros mismos: «Me levantaré iré y le diré...», tal como hizo el joven pródigo de la parábola. En la Palabra de este domingo encontramos razones poderosas para levantarnos y caminar tras las huellas del Señor, el evidente tesoro de su misericordia. En la primera lectura vemos la pedagogía de Dios, por una parte, se te hace descubrir que la ruina de Israel es consecuencia de las infidelidades de los jefes de los sacerdotes y del pueblo rebelde, que no escuchan a Dios, se han alejado de protección y pretenden construir su vida lejos del Señor. Es aconsejable detenerse a interiorizar esta Palabra, escucharla con atención en el silencio meditativo, porque es muy realista y lleva connotaciones de una actualidad tan patente, que nos está retratando. Confiamos en llegar a tiempo y evitar multiplicar las infidelidades con una verdadera conversión. En segundo lugar, brilla con luz propia la presencia de Dios en nuestra vida, porque nunca se fue, Él permanece cercano, aunque no lo veamos y nos abre los ojos para conocer su manera de actuar: es misericordioso y se compadece de su pueblo, se llena de paciencia, abre las puertas de su corazón para la reconciliación, perdona siempre y ofrece oportunidades…

En la segunda lectura nos explica san Pablo con detalle hasta dónde llega la misericordia de Dios, que sale a nuestro encuentro para rescatarnos de las garras de la esclavitud del pecado y de la muerte, porque es rico en misericordia. Estamos salvados por su bondad y por su gracia, dice san Pablo, eso sí, mediante la fe. La fe es lo que indica que hemos apostado por Dios, que tenemos tanta seguridad que lo hemos invertido todo en Él. Estando cerca de Dios, estamos como el árbol plantado al borde de la acequia, estamos junto a la fuente de vida que no se apaga nunca…, ya no hay miedos, ni temores… al que se ha entregado a Cristo no le faltará nada, ¡lo tiene todo! Esta es la sabiduría a la que se llega, que fuera de la misericordia de Dios, no existe otra fuente de esperanza para el hombre. Por eso, la mejor respuesta que podemos tener, después de haber recibido tanto, es una verdadera y profunda conversión, volver definitivamente el rostro a Cristo, Nuestro Señor y Salvador.

¡Oíd todos, especialmente los que os sentís perdidos ante las múltiples manifestaciones del mal!¡Invocad la misericordia de Dios! ¡Dios es la fuente infalible de la esperanza! Es «Padre misericordioso y Dios de todo consuelo» (2 Co 1, 3). Para los que comenzáis a andar por el camino que conduce a la salvación os diré, que este no está exento de dificultades, que es estrecho y angosto, que en él os encontraréis de cara con la cruz, pero no temáis, esta es «como un toque del amor eterno sobre las heridas más dolorosas de la existencia terrena del hombre» (Dives in misericordia, 8). El Evangelio de este domingo desvela la primera lección para el peregrino: Dios, desde el árbol de la cruz, ofrece la salvación al mundo, en ese árbol vemos clavado a Jesucristo: ¡A Él hay que mirar, a Él es a quien hemos de escuchar!

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