Reflexiones semanales
4 de julio 2021

Jesús abre el horizonte a la esperanza

XIV domingo del Tiempo Ordinario

Las tres lecturas de este domingo XIV del Tiempo Ordinario son tan necesarias escucharlas que no podemos conformarnos con decir que ya las conozco. Como siempre, ante la Palabra de Dios hay que abrir la mente, todo el ser, porque nos prepara para conocer mejor la voluntad de Dios y para acoger la tarea que nos encomienda, seamos laicos o sacerdotes. En la primera lectura se destaca cómo el Espíritu es el que sostiene con su fuerza a la persona que Dios llama, a pesar de su fragilidad o debilidad. Podemos reconocer que nuestra fuerza es el Señor, que es Él quien nos ayuda a permanecer en pie para ponernos en camino de la misión. El elegido va con la seguridad de estar sostenido por el Señor incluso si va a ambientes adversos, descreídos, difíciles, hasta cuando es enviado a «los testarudos y obstinados». Dios te llama a una misión muy especial, a llevar el consuelo a la gente, como una persona de paz, portador de misericordia, al menos, para que tengan noticia de que hubo un profeta en medio de ellos, para que conozcan que Dios no les tiene abandonados, que también ha pensado en ellos, aunque rechacen al profeta. La misión del profeta en ambientes difíciles va a ser especial, porque tendrá que conseguir deshacer el hielo del corazón de la gente, para que ellos puedan llegar a conocer la misericordia de Dios.

Se completa este cuadro con la segunda lectura, porque dibuja el perfil del evangelizador. En esto san Pablo es maestro y no anda por las ramas, ya que describe perfectamente la condición de un discípulo apóstol mirando su propia persona. Las seguridades que va a llevar un evangelizador son la «gracia de Dios» y la «debilidad», que esto viene a ser una señal inconfundible de que a quien tiene detrás es Dios. Esa será su fuerza, esa es vuestra fuerza, queridos amigos. Leed el texto y no necesitaréis más comentarios.

La escena del Evangelio de esta semana discurre en Nazaret, la tierra donde Jesús vivió desde pequeño y por haberse criado allí, entre estos vecinos, le conocían perfectamente, como también Él conocía a sus paisanos. Precisamente por esta realidad se plantean dos cuestiones importantes que dan explicación a este texto: en primer lugar, la admiración, la gente no entiende nada de lo que está pasando, quienes le escuchan se hacen preguntas acerca de Jesús, de lo que están viendo y oyendo, no han sido capaces de ver más allá de sus propios ojos y se han quedado en lo superficial de las cosas sin entrar en lo esencial; y, en segundo lugar, lo que están manifestando es su ceguera, su dureza de corazón, hasta tal punto que dice el Evangelio que Jesús «se extrañó de su falta de fe» (v.6).

Esta semana tendremos la dicha de ver cómo Dios está llamando a tu puerta con un rostro conocido y puedes ver con tus ojos las obras de sus manos, las maravillas que hace por su poder y grandeza. A esto se le llama oportunidad. Por estas cosas se puede decir a voz en grito: ¡No dejes de admirar las obras de Dios y fíate de sus palabras! Pero, no olvides que la admiración sin la fe se queda en el nivel de lo humano y es raquítica, porque lo que brota de la fe es bueno y nos abre el horizonte a las maravillas de Dios. Le pedimos al Señor que nos conceda un corazón sencillo, como el de la Santísima Virgen María, para poder entender el lenguaje de Dios.

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